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La Opinión de A Coruña

Juan José Millás

Mala sangre

El dinero no se inventó para comprar dinero, pero una vez que pusimos en venta todo lo demás, incluida el alma, no hubo otro remedio que sacarlo al mercado. Eso es lo que pienso mientras adquiero unos dólares en el banco como el que compra una merluza en la pescadería. Resulta que los dólares han subido o que el euro ha bajado, no sé, el caso es que ha ocurrido entre las dos monedas algo que me perjudica. Eso es lo que ha dicho el señor de la ventanilla: “No ha elegido usted buen momento para comprar dólares, están muy caros”. Me hago con ellos de todos modos porque los necesito para viajar, pero salgo disgustado del establecimiento: nunca elijo el mejor momento para dejar de fumar, ni para dejar de tomar café ni para nada. Y siempre actúo en contra de lo que aconsejan los ciclos económicos. No nos caemos bien los ciclos económicos y yo. Entonces, se me aparece mi madre y dice que no me haga mala sangre. Esta era una de sus frases preferidas. Solía decírsela a mi padre, que rumiaba mucho sus frustraciones y sus odios, igual que yo.

Apenas me he alejado unos metros, cuando se manifiesta también mi padre: “Tendrías que haber viajado con euros, con euros se llega a todas partes”, dice. Le respondo que se llega a más sitios con los dólares, porque los dólares son el esperanto del dinero, y me dice que ni le mencione el esperanto. Mi padre, que era esperantista, se murió sin que esa lengua en la que había depositado su fe llegara a triunfar. Un hermano mío le decía que estaba condenada al fracaso porque era inventada, como si las demás fueran naturales. El caso es que ahora somos dos a rumiar: yo por culpa de los dólares y mi padre por culpa del esperanto. Los dos escuchamos, pues, la voz mi madre: nos aconseja que no nos hagamos mala sangre.

En esto, abstraído como voy con mis pensamientos obsesivos, cruzo la calle sin mirar y una moto me pasa por encima del pie. Acudo a urgencias y me dicen que tendré que suspender el viaje para el que había adquirido los dólares. No hay mal que por bien no venga, me digo: recuperaré los euros. Pero entre tanto el euro se ha vuelto a depreciar y yo vuelvo a perder. Lógicamente, me hago mala sangre.

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