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La Opinión de A Coruña

Del Everest a Marte, basura sin límites

Existe un pueblo de 10.000 habitantes que cogió el nombre de un barco, el Esperance, cuando su tripulación francesa empezó a explorar su costa, terra ignota era hasta entonces, terra australis la señalarían en los mapas. El pueblo creció desde que se fundó la primera colonia, pero en sus escasos siglos de vida le dio fama mundial una singularidad: en 1979 les cayó literalmente encima una Estación Espacial, Skylab, a trozos. Un diario norteamericano ofreció una recompensa a quien les hiciera llegar alguno de los restos, y un chaval del pueblo no dudó en aceptar el reto y recorrió medio mundo con una placa extraña de metal que había impactado en su tejado.

Probablemente fue también este caso el primero que fijó una indemnización por los daños causados por la basura espacial: la NASA fue demandada por el estropicio.

No hubo reclamación un año antes, cuando un satélite ruso esparció también sus tripas de óxido y vete tú a saber qué metales más, cargados de radiación, en la zona ártica canadiense. Allí también llegó la pisada del hombre, y unos exploradores se toparon con el cráter y recogieron parte del botín del que desconocían la procedencia. Cómo saber que venía del confín de la galaxia.

La basura espacial no tardará en aparecer en el K7, donde los humanos nos hemos afanado en dejar muescas en forma de meados, los de los miles de escaladores que lo visitan, que aceleran el deshielo, bolsas de plástico y otros contaminantes hasta empujar a las oenegé a montar brigadas de limpieza de esta y otras montañas sagradas del Nepal. La periodista y escritora Xiana Siccardi sabe de eso. Enamorada de la región del Everest desde sus primeras expediciones, sus lazos con la comunidad sherpa y con uno de sus guías de trekkings, Lakpa Nuru, la llevó a escribir un libro sobre el encuentro entre las dos culturas, Sherpas. Siccardi y Lakpa Nuru, ahora pareja, dieron al libro una vida llamada a trascender de su lectura y la iluminación que significa la forma de vida tradicional de los nepalís, y destinan íntegramente sus beneficios a los sherpas.

También han costeado la retirada de una tonelada de basura de la región del Everest con beneficios obtenidos de la venta de ejemplares. La cultura, de nuevo, al rescate de la humanidad. No son plásticos, pero una de las misiones de la NASA que tiene el robot Perserance en Marte buscando señales de vida se encontró este verano una desagradable huella, los restos de una manta térmica que el rover había empleado meses atrás como cobertura para controlar la temperatura durante la maniobra de descenso al planeta meses atrás. Nuestra basura llegará antes que nosotros a los confines de la galaxia. La NASA trabaja para asegurar que la basura espacial no sea el problema meteórico que asalta nuestra imaginación, y la misma Comisión Europea ya ha alertado ante el aumento de comportamientos “irresponsables y hostiles en el uso del espacio”, cada vez más poblado de satélites y otros objetos de construcción humana que pueden colisionar y generar problemas de tráfico aerospacial: la primera misión espacial del Ejército español será vigilar la basura orbital.

La conciencia política mundial se activa, más de cuarenta años después de la caída del Skylab sobre un pequeño pueblo australiano, aunque con ese punto agridulce de responder en buena parte a los intereses económicos que hay detrás de la carrera espacial, que mueve millones y quiere “seguridad” en sus actividades.

La conciencia del daño ambiental queda en cierta nebulosa. Esperance, el ártico canadiense, el K7. Límites geográficos y de la humanidad que se han visto sometidos al estrés de la contaminación más inesperada, la que vuelve en forma de bumerán no importa lo lejos que hayamos ido.

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