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La Opinión de A Coruña

Matías Vallés

La gente no quiere trabajar

Todavía no se han apagado los ecos de la gran dimisión de los trabajadores ante los ofensivos empleos de bajo coste o McDo, una renuncia masiva que un año atrás obligó a recalibrar los sueldos al alza para reclutar a los candidatos reticentes. Este año, la tendencia laboral consiste en el abandono silencioso de la oficina, la dejación progresiva de responsabilidades excesivas al margen de los emolumentos percibidos. En su dimensión de artefacto de supervivencia, se persigue reducir progresivamente la carga de trabajo en previsión de que su aumento inclemente la convierta en insoportable. El duelo entre la seducción y la sumisión está servido.

Los columnistas con algo parecido a una cultura han asociado esta desvinculación pausada y pautada con el Bartleby de “preferiría no hacerlo”. La pasión del idioma inglés por las cacofonías sintetiza el fenómeno en quiet quitting. La dimisión tranquila da por sentado que se desatenderán las llamadas laborales en horario intempestivo, pero también las que suenan a punto de cerrar el tenderete. Sin aspavientos, se trata de no ceder un minuto de más, de inhibir desempeños que un tiempo atrás se daban por descontados. Sobre todo entre quienes aspiraban a una promoción.

El quiet quitting es el primer cambio de civilización que ha desembarcado a bordo de TikTok. Ni siquiera ha sido implantado a través de Twitter, arena del navajeo que ha perdido el liderazgo de las urgencias vitales. Para poner en práctica la disciplina, se requiere una pasividad casi zen, que además debe ejercerse sin enfrentamientos con las jerarquías que contemplan la disolución del entusiasmo laboral. De hecho, el abandono silencioso es la versión moderada del desafiante tang ping, variante radical china que se traduce y se define como “tenderse en horizontal”. La negación absoluta frente a la retirada selectiva.

La definición doctrinal de este ajuste laboral destierra los incumplimientos contractuales. Se trata de ejecutar exactamente las acciones requeridas por el puesto de trabajo en cuestión. Ni una más, ni una menos. Pese a ello, y aquí se establece la coordinación con la gran dimisión, el fenómeno suministra pruebas adicionales sobre la insatisfacción aparejada al lugar de trabajo. Hasta ahora, el rechazo venía tamizado por la ambición de un ascenso, un anhelo expandido no solo entre quienes confiesan abiertamente su participación en la competición de escalada.

A partir de la pandemia, y a falta de determinar el nexo causal, se ha estancado el poder magnético de mejoras puntuales en las retribuciones o los organigramas. Junto a la prejubilación masiva de los trabajadores de más edad, esta rebaja de las expectativas que no se anula con las palancas habituales causa asombro en la economía. El quiet quitting puede corregir también el desequilibrio en la exigencia a la fuerza laboral. Estadísticas no exhaustivas sostienen que el veinte por ciento de la plantilla lleva a cabo el ochenta por ciento de la tarea. Si los estajanovistas sucumben al quiet quitting, la suave ola se elevará a tsunami. Por reciprocidad, alguien deberá asumir los trabajos esquivados por los quitters.

De nada sirve orbitar la cuestión fundamental sin abordarla de plano, la gente no quiere trabajar. El tiempo perdido en reprenderlos o refutarlos debería invertirse en orquestar una actividad fructífera entre márgenes satisfactorios. La perspectiva de que afuera hace más frío y de que la necesidad apretará ha perdido vigencia, en una sociedad que ha acariciado el peligro de extinción colectiva con la pandemia.

Una personas que proclamara hoy su pasión por el trabajo sería denunciada y tal vez perseguida penalmente. La vocación ha engrosado el repertorio de los vicios infamantes, la sospecha se ha propagado incluso a los practicantes de las labores asistenciales, a las que se atribuye un suplemento de abnegación. La precisión ordenancista prescribe que la cúspide de la esencia humana se alcanza en el tiempo dedicado a la familia, a las aficiones o a ocios indeterminados. Al margen de la incontestable libertad de elección, no se aclara en qué supera una hora de videojuegos al mismo tiempo dispensado en el laboratorio.

El único dogma arcaico que mantiene el quiet quitting es el objetivo principal de que el empleado sea visto por los superiores en el lugar de trabajo. El desistimiento debe ser flagrante, mirando al toro de frente, con presencialidad. De hecho, el desmarque tranquilo cuesta tanto trabajo que algún empleado puede preferir el abandono del abandonismo, entregarse con furia a la tarea oficinesca con tal de evitarse la elaborada planificación de la dimisión.

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