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La Opinión de A Coruña

Olga Merino

La espiral de la libreta

Olga Merino

Bañarse dos veces en el mismo río

La voz del dentista atruena detrás del foco como debió de sonar la de Yahvé ante Moisés y la zarza ardiente: “Aprieta usted mucho los maxilares; debería dormir con una férula de descarga para aliviar la tensión”. La sonda dental y el succionador impiden la réplica. Lo que faltaba... ¿Apretar las quijadas?, ¿y quién no? La vida se está poniendo muy mandibular. Y visto lo visto en el Senado, los zascas y el rechinar de dientes, no sería de extrañar que Súper Sánchez y kriptonita Feijóo se acuesten también con herraduras de goma en la boca. Se viene un año de bruxismo electoral extremo.

Mortal y rosa. En el mundo paralelo a la realidad, sigo leyendo dietarios buenos por si la luz deposita algún sedimento, libros como los de Umbral, trueno del idioma, quien se calzaba la columna diaria en 15 minutos y, encima, le salía en alejandrinos blancos. El egocentrismo antipático de Umbral —“un quinqui vestido de Cardin”, se autodefinió— constituía una farsa, un disfraz de ogro para protegerse. Como tantos otros lectores, me reconcilié con él tras Mortal y rosa, un homenaje lírico a su hijo Pincho, muerto de leucemia a los 6 años. Corre todavía por Filmin Anatomía de un dandy, un documental sobre su figura, donde Rosa Montero la clava: Umbral fue una persona lastimada, muy necesitada del amor y el reconocimiento de los demás, quizá porque había sido herido muy profundamente desde muy joven. Tampoco le perdonaron que fuera autodidacta en una época en que “predominaban en la cultura los señoritos”.

Retales del verano (1). Esta canícula interminable ha sido para muchos el verano del desquite (hasta Lesmes vuelve morenito). A por todas, como si fueran las últimas vacaciones. Sin planearlo apenas, he dado muchas vueltas: el sur, el norte, la costa levantina y regreso al veraneo en Barcelona, transmutada en El Cairo. En un pueblo perdido entre olivos, en el corazón de Andalucía, me sobrecogió el reencuentro con el río de la infancia. Entonces, cascabeleaba caudaloso bajo la sombra de los chopos, mientras las mujeres, que restregaban la colada sobre la tabla de lavar, nos asustaban con historias de remolinos, de niños ahogados, de búsquedas nocturnas con fanales por el cañaveral. Nos vengábamos echando al agua un calcetín, unas bragas, un trapo que navegaban corriente abajo hasta que una de las lavanderas en fila los rescataba con un palo o de un zarpazo rojo. Ahora el río es una meada de gato y quedar en los caños con la fresca, un tristísimo sarcasmo doble.

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