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La Opinión de A Coruña

Juan Tallón

parece una tontería

Juan Tallón

Electricista ruso

Necesitados de un electricista, llamamos a siete números antes de que uno se apiadase de nosotros. Nos arrastramos cuanto pudimos. Casi lo dejamos a punto de responder “Si me hacen un halago más, o dicen otro ‘por favor’, no voy”. Pero dijo que vendría. Lógicamente, una cosa es decir que vas y otra distinta, quizá opuesta, ir de verdad. La teoría desprende siempre de una suavísima belleza. En el fondo, “Ya voy” representa una manera sinuosa de ganar tiempo y no ir. De hecho, transcurrieron dos meses hasta que vino de verdad este lunes.

Para mi sorpresa apareció con un joven ayudante, en el que detecté un acento alejado del gallego al que estoy acostumbrado, aunque con mi oído bien podía ser de Cangas o Arteixo. Pregunté para salir de dudas. “Soy ruso”, dijo sin interés por la cháchara. No vi venir ese giro de guion. Pero me gustó. Rusia es un país fructífero e inabarcable, lleno de ideas generales, sencillas de recordar, muy capaces de introducirse en el imaginario común y quedarse para siempre.

Es menos una gran patria que una fábrica de magníficos clichés, en los que se mezclan realidad, ficción, parodia. Ahí cabe un electricista ruso perfectamente. Hay ya una revolución rusa, un ballet ruso, un intelectual ruso, una zarina rusa. Están el retraso ruso y el progreso ruso, está el frío ruso, el espionaje y el contraespionaje rusos. Hay siempre un presidente ruso autócrata y arrogante. Hay vodka ruso para cada momento y para todos. Está, por supuesto, la literatura rusa, el satélite ruso, la mafia rusa, el beluga ruso. Hay un petrolero ruso, un asesino ruso. Tenemos el gas ruso, el disidente ruso, la poeta rusa, el automóvil de fabricación rusa, el típico ruso envenenado, la ruleta rusa, el exiliado ruso que gana el Nobel. Está el misil ruso, el científico ruso, el sicario ruso, la montaña rusa, el campesinado ruso, la ensaladilla rusa, el submarino ruso o la vacuna rusa. Al final hablamos un país atroz, pero fascinante, lleno de antihéroes, pero con demasiados ídolos. Tal vez un electricista lo equilibre todo.

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