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La Opinión de A Coruña

Pedro de Silva.

El secreto de Santa Isabel

Tras dos jornadas olfateando el rastro en los medios de los sagrados restos de Isabel II, en busca de alguna explicación al pasmo mundial tras la muerte de una anciana de 96 años que apenas intervino en nada ni dijo jamás casi nada, llego a una conclusión algo simplona, la de que es esa misma persistencia al margen del tiempo, como si hubiera sido salvada de su curso inexorable, la que sin más la santifica, algo semejante a lo que ocurre con el gran arte, cuya soberana aspiración desde Altamira no es otra que colocar fuera del paso fatal de los momentos su objeto, dejando detenido el tiempo en éste, indemne y reproducible ante cada mirada. En cuanto al silencio, buscando en mi memoria emocional algún caso de pasmo hipnótico semejante, transmitiría la paz metafísica de un bodegón de Giorgio Morandi, o, en homenaje a su contexto nacional, de un motivo floral de John Constable.

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