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La Opinión de A Coruña

Carlos Miranda

LA PELOTA NO SE MANCHA

Carlos Miranda

El Dépor, un equipo continuista por hacer

Los jugadores del Deportivo celebran el gol de Raúl Carnero en Mérida. // LOF

Llevaba Borja Jiménez unos días en A Coruña y su equipo parecía redondo, ha pasado un año y su grupo luce hoy verde. Vive el Dépor instalado en sus primeras semanas de liga en un contrasentido, en un aire de provisionalidad, ajeno a esa apuesta continuista, a esos pilares conservados como tesoros en el verano que acaba de terminar. No es precisamente su técnico un advenedizo en el entorno deportivista, una persona que se esté haciendo aún con los pasillos de Abegondo. Sabe por donde pisa, suele tener las ideas claras, cuenta con seis puntos en el zurrón. Aun así, su creación se le revuelve en la mano como presa recién capturada. Todo lo contrario a lo que ocurrió hace doce meses, cuando su fórmula gateaba y ya era rotunda y puntuaba a manos llenas en Riazor y fuera de casa. Un año después, ni rastro. Como si se hubiese quedado anclado en las dudas, en una reinvención como equipo que nunca cuajó, en aquel mes de enero lleno de barro, en la treta del Racing de Santander. Su versión 2.0 sigue cargando.

Borja llegó hace un año y en tan solo unas semanas lucía una apuesta llena de hechuras, hoy mandan las dudas

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Este verano, la llegada de doce contrataciones anunciaba revolución, que algo se movía ahí dentro. Haber metido a ocho titulares del pasado ejercicio en los primeros partidos, ir dándole paso a cuentagotas a los fichajes, la metió en formol, le puso salvedades. Mes de septiembre y lleno de harina de la faena, el segundo Dépor de Borja aún no tiene del todo claro a qué juega, con quién hacerlo, cómo ser dañino arriba sin descubrirse, si es posible blindarse ante sus propias debilidades, dolorosamente conocidas. Su estructura es inestable. Lleno de caras conocidas que se miran extrañadas, está por hacer. ¿Cómo lidiar con la exigencia y el desgaste?

¿Hay vida sin Álex? El doble pivote o trivote que elija dirá qué equipo quiere ser y debe sostener todo el entramado

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¿Mantendrá el doble pivote o necesita un tercer mediocentro? ¿Hay vida más allá de Álex Bergantiños? ¿Tendrá recorrido la apuesta por el falso nueve? ¿Dónde encaja Rubén Díez en su nuevo entramado? ¿Es posible que la grada no tenga que rezar cada vez que el equipo corre hacia atrás o cuando vuela una pelota por su área? Hay muchas preguntas por responder cuando las seguridades deberían predominar. El Deportivo ha arrancado en las antípodas del pasado ejercicio y quizás sea la mejor fórmula para autoexigirse, para no sentirse intocable, para ser mejor en mayo que en octubre. Eso sí, los rivales aprietan y las moratorias escasean en una Primera Federación de mil callejones. Lo que enseña el césped, más allá de los puntos, tampoco es que aliente. El deportivismo, mientras tanto, mira de reojo, desconfiado ante la familiaridad de los males. También desde la tranquilidad que infunde estar espantado de tanta desgracia que le hiere, pero que no le mata. Si no se asciende en febrero, tampoco se va a descartar entonces. Es una carrera de fondo, aunque los nervios sean instantáneos y recurrentes. Y, mientras los puntos sigan entrando en el casillero, siempre podrá corregir desde la cima, siempre podrá llegar ese clic que encaje al equipo en plena pugna por el ascenso.

Hay un engranaje por ajustar, pero hay nombres ineludibles. Rubén Díez estará en breve en el once y será importante

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El partido de Mérida no ofreció nada que llenase los ojos, que ofreciese un respiro, una luz que seguir. La primera parte mostró a un equipo encasquillado que, por lo menos, no sufría frente a un rival menor. El estadio Romano José Fouto infundía temor por su historia de hace unas décadas, por la enjundia de las versiones pretéritas del conjunto extremeño. Su realidad hoy es bien diferente. El equipo coruñés no pasó el más mínimo apuro hasta el descanso, es cierto que tampoco inquietó apenas a su rival. Raúl Carnero, por fin goleador con su camiseta, cazó una y todo pareció justificarse. Pero hay más, siempre hay mucho más que rascar.

El primero que lo visualizó fue Borja. Dos cambios al descanso. Muy raro en él. Sintomático. Ganaba, no valía. Roberto Olabe y Rubén Díez, al césped. Un matiz para el novedoso falso nueve y la primera variante de verdad en un doble pivote que no termina de funcionar y que definirá qué Dépor quiere ser. Llegó algo tarde la apuesta, fue valiente. Todo estaba entonces de cara para desplegar un nuevo equipo. El marcador a favor, el rival no inquietaba y debía descubrirse, acababan de entrar dos futbolistas de buen trato que podían favorecer el circuito de la distribución con Soriano y compañía... Ni así. Sorprendente. El Dépor, ahogado, se descosió de manera preocupante. No se ajustó, no funcionó. Hay mucho por pulir, sin olvidar, por encima de todo, que algo debe cambiar. No hay vuelta atrás, no hay espacio para el inmovilismo. No debe demorarse esa actualización que lleva meses buscando este equipo.

Cuestión de tiempo

Y mientras busca ajustar su engranaje, hay nombres que sobresalen por sí solos. En ataque Alberto Quiles y Mario Soriano parecen a día de hoy inamovibles. Hay otro al que aún no se le puede poner la etiqueta de titular, pero es solo cuestión de tiempo que la luzca. Se percibe, se siente. En Mérida no se pudo ver quizás la mejor versión del futbolista que es, sí una semana antes en Riazor ante la Balompédica Linense. Las hechuras y la inteligencia de Rubén Díez remiten a una categoría superior, de esa Segunda que le reclamó hace un año. Solo queda por saber cuál es su sitio: mediapunta, pivote, banda, falso nueve... Pero el maño estará, no hay ninguna duda. Será referente. Parte del ascenso está en sus piernas.

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