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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

La comicidad involuntaria

Pena que se hayan marchado del mundo de los vivos, José Sazatornil (Saza), Mary Sampere, Casto Sendra Barrufet (Cassen), Eugenio y Rosa María Sardà, catalanes comprometidos, todos ellos, con el difícil arte de hacer reír. Un reparto de lujo en el que también deberían figurar, por suerte para ellos que todavía mueven la colita, Albert Boadella (Els Joglars), Javier Sardà, Tricicle y Andreu Buenafuente. Con todos esos artistas, a los que solemos asociar con momentos de intensa comicidad, podríamos construir una pieza teatral de éxito seguro entre los implicados en la aventura secesionista. A no dudar, el momento histórico habría de ser emocionante (¡qué suerte tienen los que caminan siempre de la mano de la Historia. Nunca se equivocan y, cuando lo hacen, suelen cargar todas las culpas sobre alguna odiosa minoría!), aunque para el resto de observadores no deja de ser un disparate. Al menos desde que se decretó la infalibilidad del procés hace diez años. El fracaso de la tentativa independentista ha pasado factura a los partidos políticos y a los movimientos ciudadanos que la apoyaron.

El número de asistentes a la gran manifestación de la Diada bajó respecto de convocatorias anteriores y resultaron evidentes las diferencias entre la dirigencia soberanista sobre la mejor forma de conducir el proceso. Ausentes de la manifestación el presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, y todos los consejeros de Esquerra, destacó la figura de Laura Borràs, la recién cesada presidenta del Parlament imputada en una causa penal en la que se investiga un supuesto trato de favor en beneficio de un amigo suyo. La señora Borràs, esa mujer grande y aparatosa, nos recuerda a aquella Mary Sampere, zanquilarga, con nariz de boxeador y algo cargada de hombros para no sobresalir demasiado respecto de la estatura de sus compañeros (todo un detalle). Laura llegó a la cita independentista vistiendo un “abriguito de verano” pese al calor agobiante. Y algo parecido cabe decir de Saza, cuando interpreta el papel de un empresario catalán que aspira a quedarse con la exclusiva de una concesión de porteros electrónicos, asistiendo (y pagando) una cacería a la que concurren varios prohombres del franquismo. Esa distancia humorística respecto de una dictadura que no admitía bromas, marca la longitud de onda que va de un proyecto serio a una astracanada. Justamente la misma que va desde el catalanismo con fundamento al bochornoso espectáculo del referéndum inexistente. Al día siguiente, muy de mañana, los autores de la fechoría huyeron de sus responsabilidades de forma vergonzosa. Un grupito con el president Puigdemont escondido, al parecer, en el maletero de un coche, se refugió en Bruselas, donde todavía permanece. Otros se resignaron a esperar en su casa la llegada de la policía que los llevaría al juez y a la cárcel. Transcurrido un tiempo prudencial, fueron indultados por el Gobierno.

Nadie tiene memoria de un proceso soberanista que pueda compararse con el proclamado por Puigdemont quien, por razones que están a la vista, nunca podrá decirse que nos quiso tomar el pelo. Todo fue una locura desde el comienzo. Empezando por aquellas demenciales “leyes de desconexión”. La posibilidad de que alguien pudiera apoderarse de una parte (muy sabrosa, por cierto) del territorio del Estado, sin más trámite que la voluntad expresada por la mayoría minoritaria de un parlamento regional, resulta fascinante. Y no digamos el procedimiento para hacerlo efectivo, tan fácil de manejar como el enchufe de una lámpara del cuarto de estar.

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