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La Opinión de A Coruña

José Maria Echevarría

Un enemigo junto a mí

Hoy aprendí una gran cosa: cómo protegerme del móvil, es decir, cómo poder vivir libre de la dictadura del móvil. Y se lo agradezco a un compañero de fatigas, Miguel se llama, y él y yo sabemos reconocernos, que me ha tenido en vilo toda la mañana porque los dos debíamos conectarnos, hablar, y no hubo forma. Mis repetidas llamadas a su móvil sonaban y sonaban, pero nadie las cogía. Así hasta la tarde en que, por fin, Miguel me llama y quedamos. Entonces me explica que esta mañana decidió dejar el móvil en casa mientras acompañaba a su buena madre al hospital. La salud de la madre era más importante que todas las posibles llamadas telefónicas de otros familiares, amigos, clientes, proveedores, y cortó por lo sano: no hacer caso del móvil. En casa y en paz. Ya por la tarde, de vuelta al hogar familiar, Miguel contempló las treinta y tantas llamadas acumuladas y empezó a despejarlas. Gran cosa la que hoy he aprendido por el ejemplo de un colega: el móvil me sirve cuando yo quiero, no cuando él quiera, activado por quién sabe quién, para lo que se tercie. Porque ese es otro capítulo: las llamadas de ofertas sin ton ni son. De ello, opinaré en otro minuto.

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