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La Opinión de A Coruña

Pilar Garcés

el desliz

Pilar Garcés

Las opiniones de Carlos III

Entrevistados estos días en radios y televisiones docenas de ciudadanos británicos compungidos por la muerte de Isabel II, todos parecieron coincidir en que el talento no se hereda. La jefatura del Estado sí, para consternación de cualquiera que desee profundizar en los riesgos de semejante incongruencia. El pueblo auguraba que con total seguridad Carlos no será tan buen monarca como su madre: hay personas que suman (la fallecida) y otras que restan (el primogénito). “Ya veremos si es capaz de no meter su pata y estar callado”, decía con gracia un caballero inglés jubilado, establecido en las costas españolas. Otros y otras señalaban que cada vez que el príncipe de Gales hablaba subía el pan, y que su falta de saber estar en el papel institucional fue una molestia como aspirante, pero supone una auténtica amenaza como portador de la corona. Curiosamente, leídos una veintena larga de artículos y perfiles sobre el nuevo rey firmados por analistas prestigiosos y expertos en la casa real todos apuntaban en la misma dirección. Las opiniones de Carlos III juegan en su contra y se las tendrá que guardar a partir de ahora, en pro de la necesaria neutralidad que apareja su nueva misión. El propio monarca pareció aceptar la etiqueta de bocazas que le han adjudicado desde los lores hasta los comunes y en las últimas entrevistas que ofreció meses atrás ya avanzó que pensaba arrinconar sus inquietudes actuales y comportarse como se espera de él, propósito de enmienda que ha ido reiterando en sus primeros discursos en la entronización. Lastimosamente, la intriga de saber si un Carlos callado mejora en algo a uno ligero de lengua no ha durado. La muda escena en la que con gestos ordena despectivamente a un ujier que retire un tintero que le molestaba para firmar no necesita subtítulos. Nos muestra al pomposo tipo maniático y autoritario que hace planchar los cordones de sus zapatos, y que no se sienta en el váter hasta que uno de sus ayudantes le levanta la tapa.

Del dicho al hecho, tal vez el sucesor de la longeva Isabel empeora incluso cuando pasa a la acción. Buscadas sus denostadas opiniones, se han referido a la necesidad de reciclar las basuras y cuidar el medio ambiente cuando el concepto de “crisis climática” todavía ni se vislumbraba; a respetar la arquitectura tradicional y no meter bodrios en los centros históricos; a no permitir que se empobrezca el contenido de la educación básica en las escuelas o a impulsar la agricultura y la alimentación sostenibles. Poco que objetar. Vale que es defensor de la medicina alternativa hasta el punto de ponerse en contra a la comunidad científica de su país por sus excéntricos consejos de salud, pero en junio se pronunció alto y claro sobre los “espantosos planes” del gobierno de Boris Johnson de deportar a Ruanda a personas demandantes de asilo. El conjunto de sus preocupaciones resulta incluso aceptable si lo comparamos con algunos de los hechos que se le achacan: aceptar maletines de dinero destinados a sus fundaciones caritativas procedentes de un ex primer ministro de Qatar, de un potentado saudí o incluso de las familia de Osama Bin Laden. En relación a esta última dádiva desde sus oficinas se explicó que dicha saga había expulsado de su seno al autor intelectual del 11-S, para atajar el escándalo. Parece ser que las testas coronadas tienden a ponerse a tiro de la generosidad de los potentados del petróleo, necesiten la pasta o les resulte calderilla. De regalos millonarios sabe algo el pariente lejano que, si se cumple el anuncio oficial, se sentará unas filas más atrás en el funeral de la prima Lilibeth. Juan Carlos I. Un príncipe poco prometedor y un rey de cuyas opiniones poco se sabía, pero que tuvo que abdicar por la gravedad de sus hechos.

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