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La Opinión de A Coruña

José Luis Quintela

Shikamoo, construir en positivo

José Luis Quintela Julián

¿Histeria colectiva?

Si, para enmendarme la plana, me va a decir usted que desconozco sobremanera la sociología británica, ya me apresuro a replicarle que tiene razón. En efecto, ni atesoro conocimiento sobre la forma de ser y de comportarse, en rasgos generales, de tal grupo humano ni de ningún otro. Es más, si me apuran les diré que desconfío notablemente de los enunciados del tipo “los españoles son...”, “los británicos son...”, u otros parecidos. Por el contrario, soy de los que piensan que el gentilicio solamente añade una relativamente pequeña contribución al conjunto de los ingredientes que determinan la forma de ser de cada uno. Y, por encima de todo, creo que la personalidad de cada cual es la que marca, en buena medida, la diferencia. Así, ya les he dicho más de una vez que me he dado cuenta, viajando, que a veces uno tiene más que ver con alguien que se encuentra en Dar es Salaam o en Tegucigalpa, que con su vecino del quinto. Repito, estoy convencido de que las generalizaciones a partir del lugar de nacimiento o de residencia de cada uno tienen mucho más precisamente de eso, de generalización, que de realidad.

Les contaba lo anterior para que nadie diga que la causa de mi sorpresa e incomprensión de lo que está sucediendo en el Reino Unido después del fallecimiento de su soberana, Isabel II, tiene que ver con mi ignorancia sobre cómo funciona tal sociedad y cuáles son sus claves. No me lo digan, porque ya lo afirmo yo. No conozco el país más que por algunos viajes puntuales al mismo, a partir de los cuales me he apuntado como pendiente el visitar o volver a ver alguno de sus fantásticos paisajes de campo o de mar. Por supuesto, no soy quien para intentar pontificar sobre lo que sienten o no sus ciudadanos a partir del óbito de Isabel II. Pero lo que les planteo, a pesar de ello y a tenor de los acontecimientos, es si no estaremos asistiendo a un episodio de histeria colectiva en tal territorio. Lo digo porque, en plena crisis de todo tipo de estructuras y en un proceso galopante de desmembramiento social, para mí no es de recibo el estado de ánimo general en que nos cuentan que se ha sumido la sociedad británica como reacción al referido hecho. Es evidente que la Reina Isabel II era reconocida en su entorno, a pesar de los graves problemas enquistados en el mismo, pero... ¿esto no es otra cosa?

Miren, soy de los que creen que las relaciones humanas son viables solamente si se construyen desde un cierto nivel de simetría. Esto es, un equilibrio entre lo que las dos personas pueden dar, y el conocimiento real —no virtual— que puede tener la una de la otra y viceversa. Sin simetría puede existir fascinación, obsesión u otra suerte de implicación de una persona con otra, sin ser correspondida. Y esto es lo que ocurre entre una multitud anónima y una persona que, desde su cuna, estuvo programada para interaccionar con los demás solamente desde unos determinados y rígidos marcos, sin más. Por eso no puedo llamar amor a lo que ningún ser humano sienta en tales circunstancias, en la que una reina se muere y, sin conocerla de nada, el otro rompe en un desconsolado llanto. Podría entenderlo si la tesitura de tal muerte fuese desgarradora, por compasión ante una gran injusticia o por solidaridad ante la misma. Pero no es el caso. Isabel II tuvo una longeva vida y, poquito a poquito, se fue desgastando. Como tantas personas mucho más cercanas a nosotros que, sin embargo, parecen no concitar semejantes muestras de afecto. ¿Será que esto de apuntarse al carro del llanto, de la cola infinita y de las muestras de dolor es “guay” o sirve como elemento identitario, para adscribir a uno a cierta “movida”, para estar “in”? No lo sé. Pero, ciertamente, a mí me llama mucho la atención. Y no alcanzo a comprenderlo.

Y es que es legítimo que uno sea monárquico. A mí me parece, como saben, extemporáneo e inconveniente, pero esa no es la cuestión. Uno puede creer en ello, por supuesto. Pero otra cosa es aguantar dieciséis kilómetros de cola, y estar frente a Buckingham varios días antes, durmiendo en la calle, para pasar escasos segundos delante del féretro de alguien a quien, por mucha simpatía que te despierte, no conocías de nada. Y eso mientras, paradójicamente, cada vez hay un mayor nivel de individualismo y una más grande fractura de las estructuras familiares y comunitarias que antes arropaban al individuo, aquí y en Reino Unido. Por eso no lo entiendo. No entiendo a las personas que salen a la calle con banderitas para aclamar a uno, a otro o al de más allá, con los que en realidad nunca han tenido trato. O a las que beben los vientos por seres a distancias estratosféricas de ellos, socialmente hablando, que jamás harán otra cosa que sonreír bien protegidos o que, en un alarde de generosidad, les estrecharán mecánicamente la mano como a otros diez mil cada día. No entiendo semejante implicación ni que, a los que así se comportan, les vaya la vida en ello.

¿Qué es, entonces, lo que ocurre? ¿Será pues, una catarsis colectiva? ¿Será histeria ante un icono? ¿O se participará en tales muestras colectivas de afecto como quien va de romería o a un festival de música? Si ustedes alcanzar a comprenderlo, denme por favor su versión. Cuéntenmelo. Así quizá pueda entenderlo y, en cualquier caso, me aportarán ustedes su punto de vista. El mío, como ven, está ya a su disposición. Cuídense. Un saludo.

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