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La Opinión de A Coruña

Verónica Fumanal

Juan Carlos, ‘El rey’

Me imagino a Juan Carlos, Rey emérito, en cualquiera de los lujosos espacios donde ahora pasa sus días en Abu Dahbi, tarareando la que ha decidido que sea la letra de sus últimos compases: El rey. Y es que las actitudes, tremendamente irrespetuosas no solo hacia el nuevo jefe del Estado, sino también hacia la que ha sido su propia figura pública, muestran a una persona que ha decidido que a pesar de que no tiene ni trono ni reina, y muy pocos que le comprendan; sigue siendo el rey.

La escapada de fin de semana que realizó a las regatas de Sanxenxo fue la mejor prueba de que Juan Carlos ha dejado de ser el fino analista de la realidad que antaño supo acompañar al país hacia un camino sin retorno, la democracia. Y a pesar de que ahora haya evidencias de que su papel en la Transición puedo no ser tan decisivo, esa narrativa de su legado le acompañaba a nivel nacional e internacional. De ese capital vivió cómodamente más de 30 años como jefe de Estado campechano, junto con las relaciones con las principales monarquías internacionales, que fueron tremendamente útiles en el ámbito de las relaciones internacionales; y para ejemplo, Marruecos. Por todo ello, Juan Carlos sabe bien que está afuera, pero el día que se muera, se tendrá que llorar, llorar y llorar.

Por eso, la decisión de aceptar la invitación al funeral de Isabel II, el necroevento mundial de, al menos, la década, demuestra que el padre del Rey Felipe VI se ha declarado en rebeldía hacia su propio hijo, que le castigó sin imagen en su escapada a España el pasado mayo. Pero también hacia su propio legado histórico, que pretende borrar a golpe de actos inapropiados que demuestran que con dinero y sin dinero, hace siempre lo que quiere, porque considera que su palabra es ley.

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