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La Opinión de A Coruña

Ánxel Vence

crónicas galantes

Ánxel Vence

Modernizar es cosa antigua

Ya habrá advertido el amable lector que algunas teles y muchas analistas de la Corte se han puesto a subrayar las virtudes de la reina de España con motivo de su cincuenta cumpleaños. La conceptúan de progresista, solidaria, ecologista y a un pelo han estado de calificarla de afable.

Lo más notable, sin embargo, es el papel de modernizadora de la monarquía que le adjudican a Letizia sus hagiógrafos —mayormente, hagiógrafas— so pretexto de su medio siglo de aniversario.

Modernizar siempre está bien, aunque la palabra moderno suene ya algo antigua. De hecho, la Edad Moderna es anterior a la Contemporánea; y en general coincide con el Antiguo Régimen de las monarquías absolutas.

Más bien habría que hablar de ponerse al día o, mejor aún, up to date, dado que los reyes a los que se quiere actualizar comparten con las secretarias el dominio del inglés y de los idiomas en general. Salvo que el rey sea el de Inglaterra y esté exento de esa asignatura, naturalmente.

El problema es que, si uno quiere convertir la monarquía en una institución democrática, despojada de privilegios y sin preponderancia del hombre sobre la mujer a efectos de heredar el trono, lo normal es que se acabe encontrando con una república. Y eso ya estaba inventado, incluso antes de que la reina Letizia acometiese la ciclópea tarea de modernizar la dinastía de los Borbones.

Los monárquicos más animosos aducen —no sin razón— que algunas de las democracias más avanzadas del mundo tienen a un rey o reina como Jefe de Estado. Suelen aludir, en general, a las felices socialdemocracias escandinavas, aunque también a la británica, que estos días está que lo rompe.

Por desgracia, esto no es Noruega, Suecia ni, por supuesto, el Reino Unido. La actual monarquía, que es de la que estamos hablando, fue instaurada —no restaurada— por el general Franco, famoso demócrata.

El acaso injustamente llamado dictador nombró rey a Juan Carlos por la misma razón que podría haber designado a Alfonso de Borbón, primo del anterior y, además, marido de una nieta de Franco. No se inclinó el Caudillo a favor de su familia, en la probable creencia de que una dinastía encabezada por aquel Alfonso duraría menos que otra con Juan Carlos como rey. Esta última lleva más de cuarenta años, lo que da prueba del buen ojo que tenía el general generalísimo.

Muchas de las monarquías han evolucionado hasta convertirse en repúblicas coronadas, del mismo modo que algunas repúblicas —la estadounidense, sin ir más lejos— evocan en el poderío de sus presidentes a los viejos soberanos. Pero esa es otra historia.

Lo cierto es que la autoridad de los reyes apelaba a su origen divino aquí y en Pekín, donde a los emperadores les daban el título de Hijos del Cielo. Así funcionaron las monarquías absolutas durante las edades medias y moderna, en las que sus majestades actuaban como representantes del Altísimo.

Extraño propósito parece, por tanto, el de modernizar a una institución que nació por la gracia de Dios. Si uno se pasa de frenada en el aggiornamento corre, como ya se dijo, el riesgo de acabar proponiendo una república. No ha de ser eso lo que los aduladores de la reina están proponiendo en su aniversario. Aunque nunca se sabe.

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