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José Luis Quintela

Shikamoo, construir en positivo

José Luis Quintela Julián

La pendiente revolución del transporte de proximidad en Galicia

Vuelvo a saludarles, queridos y queridas, ahora sí que ya metidos oficialmente en el otoño. Ahí andamos, pues, entre uvas, higos y granadas, despidiendo el verano y dándole la bienvenida a la nueva estación. La más especial, sin duda, en materia de gamas de color en el medio natural, con tonalidades verdaderamente sublimes. Si no son de los que disfrutan habitualmente paseando por la naturaleza, les recomiendo que algún día lo hagan. Se sorprenderán de toda la belleza que atesora nuestro entorno estos meses. Para mí, sin duda, los más bonitos del año, con diferencia.

Y con la llegada del otoño se ha terminado de normalizar la actividad después del paréntesis del mes anterior. La escuela y la Universidad funcionan ya normalmente y, salvo los privilegiados que han podido guardar unos días de vacaciones para este mes de septiembre, fantástico siempre, también se ha completado la incorporación a las actividades laborales. En resumen, que todo bulle ya, y que las idas y venidas cotidianas al trabajo y a los estudios son, de nuevo, parte de la estampa de cada día.

Es en momentos como estos, de plena actividad, donde se nota la efectividad de una buena red de transporte de proximidad. No me refiero a las grandes infraestructuras, que unen las principales ciudades del país, sino a la red neuronal tejida alrededor de los centros urbanos o, como mucho, entre algunos de ellos. Sistemas de transporte como los que están a disposición del público en ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao, por poner un ejemplo, o en muchas otras ciudades más pequeñas. Algo que, evidentemente, falla en Galicia. Y que, consecuentemente, debería ser arreglado.

En esa línea, últimamente están siendo noticia las protestas y movilizaciones en torno a la línea de bus Ferrol-Coruña y, en general, al transporte colectivo por carretera en Ferrolterra. Versiones habrá diferentes por parte de cada uno de los actores de dicho conflicto, como habitualmente pasa, pero desde luego que algo andará mal si, sistemáticamente, muchos de los que quieren ser usuarios de tal servicio se quedan en tierra. Líneas escasamente dotadas de material rodante, frecuencias inapropiadas o lugares que quedan fuera del servicio son algunos de los elementos recurrentes en dichas concesiones, y en otras muchas de Galicia. Una Galicia que ha escalado enormemente —y lo que falta aún— en materia de conexión ferroviaria rápida —a estas alturas no sé ya si de alta velocidad o de velocidad alta— con el resto de la península y Portugal, pero en la que la red de proximidad vuelve a ser la asignatura pendiente. Volviendo a Ferrolterra, ¿han tratado ustedes de viajar de Ferrol a A Coruña en tren? La experiencia, salvo que usted tenga tiempo para disfrutar del bello paisaje de forma relajada y despreocupada, da risa. O produce lloro, que viene a ser lo mismo muchas veces. El caso es que está claramente fuera de foco para quien lo contemple como una opción real de movilidad.

El Estado y los operadores aducen lo de siempre cuando una línea, de lo que sea, funciona pésimamente. Que si no vale la pena, que si nadie la usa... A lo mejor hay que primar el servicio público e invertir, a priori, para que realmente el resultado se convierta en una opción válida y atractiva, y que la tortilla dé la vuelta. El enorme tráfico rodado que existe hoy entre Coruña y Ferrolterra, por ejemplo, bien podría ser reducido si el tren fuese medianamente competitivo con la carretera. La realidad es, desgraciadamente, otra. Y, aunque este tipo de infraestructuras afecta mucho más en el día a día a la ciudadanía que las grandes vías de largo recorrido, y son críticas en materia de movilidad cotidiana, han quedado absolutamente fuera de la agenda.

Para mí el reto de un transporte mucho más eficaz y eficiente en materia de consumo de recursos pasa por replantear qué queremos y qué palancas pueden ser tenidas en cuenta para conseguirlo. Y aquí el tren y la conectividad a corta y media distancia es la pieza clave. Uno, salvo que pertenezca a un grupo muy minoritario que está de un lado para otro todo el día a nivel nacional, tomará un AVE un par de veces al año a lo sumo. Y, sin embargo, día a día cada semana miles y miles de personas conforman una miríada de desplazamientos cotidianos para los que, en nuestra Galicia, casi nunca hay más opción que tomar el propio coche. Deberíamos pensar en ello con mente abierta, con ilusión y con enormes ganas de consensos, para dibujar otro panorama en materia de conectividad alrededor de nuestros núcleos más poblados. Y también, aunque de forma más reducida, de los que lo están menos, porque el transporte implica servicio público, y al mismo tienen derecho todos los ciudadanos y ciudadanas, que pagan sus impuestos independientemente del lugar donde vivan.

A edificar una sociedad mejor contribuirá, también, una movilidad de proximidad mejor, más sostenible medioambientalmente y más eficiente, con planes consensuados, sólidos y viables a largo plazo independientemente de los gobiernos y las personas. Y eso, en Galicia, sigue siendo una asignatura muy pendiente. ¿O no?

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