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Salvador Macip

Envejecer como un rey

El acontecimiento histórico del mes (algunos dirán que del siglo) ha sido la muerte y posterior entierro multitudinario de Isabel II, la reina que ha batido récords por haber estado más de 70 años sentada en el trono. Aparte de la devoción incondicional que despertaba en una gran parte de sus súbditos, lo más interesante de la regente británica, desde el punto de vista científico, es su longevidad. Isabel II llegó a los 96 años con un vigor envidiable y su madre, la Reina Consorte, a los 101 en condiciones similares. En otra línea genética, el marido de Isabel II, el príncipe Felipe, vivió 99 lleno de energía. Y no son los únicos monarcas provectos: actualmente, los de Arabia Saudí, Noruega, Kuwait y Ajman pasan todos de los 85, sin perspectivas de retirarse. ¿Qué hace que sea tan habitual que en esta profesión se llegue en buen estado a edades tan avanzadas?

Todavía no tenemos una respuesta satisfactoria a esta pregunta, pero empezamos a hacernos una idea de los factores que intervienen en el proceso de envejecer bien. La esperanza de vida (y de años de vida saludable) de cada persona viene determinada por circunstancias muy diversas. Como se puede imaginar, se pueden dividir en dos grandes grupos: las que dependen del entorno y las que están definidas por los genes. Sobre las primeras, hay estudios que demuestran que la esperanza de vida tiene una relación directa con el código postal en el que vivimos, tanto por razones ambientales relacionadas con la contaminación y los hábitos como, sobre todo, por el acceso a los sistemas de salud. La diferencia puede ser sustancial: la esperanza de vida mediana en Ashburton, un suburbio afluente de Melbourne, en Australia, es de 89 años, mientras que en el centro de la misma ciudad, solo 12 kilómetros más allá, la cifra baja a 59. En este sentido, los reyes suelen tener la mejor atención médica posible y esto ya les da una ventaja.

Si nos fijamos en el componente puramente biológico, también tendremos que considerar dos elementos. Por un lado, hay el ritmo al que envejecemos, que viene definido genéticamente tanto a nivel de especie como de individuo. Aquí hay dos grandes incógnitas que intentamos responder quienes estudiamos estos temas. Una: ¿qué hace que una persona envejezca con buena salud mientras que otra de la misma edad esté en condiciones menos que óptimas? Y la otra: ¿qué determina la edad máxima de cada especie?

Este último campo de investigación nos está dando algunas sorpresas. Por ejemplo, hace unas semanas se publicaba el primer estudio genético detallado de un tipo de medusa que parece ser inmortal. Mantenidos en las condiciones adecuadas, estos animales no presentan la degeneración progresiva que, más rápida o más lenta, es típica en casi todos los otros seres vivos. El principal secreto parece ser una gran capacidad regenerativa, que los humanos tenemos, hasta cierto punto, durante los primeros años, pero que vamos perdiendo despacio. Quizás en el futuro encontraremos la manera de aprovechar este conocimiento y, cuando menos, retardar la degradación de nuestros tejidos. Puede sonar a ciencia ficción, pero injertarnos genes de medusa técnicamente es factible, al menos en teoría; pero deberíamos encontrar la manera de hacerlo de una forma segura, que no es un obstáculo menor.

Todos estos esfuerzos para frenar el proceso de envejecer no servirán de nada si antes no solucionamos el segundo elemento biológico que mencionábamos: las enfermedades. El gran incremento en la esperanza de vida humana que se vio durante la primera mitad del siglo XX fue debido, sobre todo, a reducir la mortalidad debida a infecciones. El límite que tenemos ahora son las enfermedades asociadas con el envejecimiento, sobre todo el cáncer y las neurodegenerativas. Si no encontramos la manera de eliminar estos topes, cualquier otro adelanto será inútil. Precisamente, uno de los inconvenientes principales de envejecer es que nos convierte en seres en general más frágiles, susceptibles de sufrir consecuencias graves a partir de problemas relativamente leves. Así, la Reina Consorte estaba en perfectas condiciones hasta que, un año antes de morir, se rompió la cadera en una caída, e Isabel II experimentó una bajada de salud sobre todo a partir de haber cogido el covid. Así pues, para envejecer como un rey no basta con tener buenos genes y buenos médicos, sino que tenemos que continuar invirtiendo en investigación básica para encontrar la manera de hacernos más resistentes al paso del tiempo.

*Salvador Macip es médico e investigador de la Universidad de Leicester y de la UOC

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