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José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Ocultar la incontinencia

Intrigó a los partícipes en el entierro de la reina Isabel II, cómo habrían podido soportar tanta gente de edad tantas horas de desfile sin mearse por el pantalón. Desde luego, no era cosa de salirse de la fila para evacuar la vejiga en el borde del camino, como suelen hacer los ciclistas en las grandes vueltas. Hay quien utiliza un tubo para dar salida a la orina, sin dejar de pedalear. Pero esa variante acabó siendo descartada porque lo que llaman “lluvia dorada” en los anuncios de servicios sexuales suele molestar a buena parte del pelotón. Sobre todo, cuando el mencionado líquido es llevado por el viento a mojar a los esforzados rutiers. Ya es sabido, como decía Manuel Fernández Trigo, locutor de Radio Coruña (SER), que luego fue gerente del Deportivo y gerente del Real Madrid, que “Tour de France, tour de souffrance”.

El problema del agobio prostático en los inacabables desfiles funerarios ha sido descrito, de mano maestra, por el escritor levantino Manuel Vicent en su último artículo bajo el título de Incontinencia, publicado en la columna de salida de la última página del dominical de El País. Y allí escribe que en el fastuoso funeral de Estado se produjo una doble incontinencia, una urinaria y otra verbal. “Luego Vicent, en ese estilo sensual de los escritores levantinos, distingue entre la aparente incontinencia de los altos dignatarios asistentes y la realidad oculta de sondas, botellas y pañales absorbentes entre sus piernas. La retención de la orina y, en sentido contrario, la fluencia incontrolable de la misma son episodios dramáticos que afectan a millones de seres humanos. Especialmente, a partir de cierta edad. Aunque la emisión puede desencadenarse también entre gente joven en situaciones de extrema emoción. “No sigáis que me meo”, habremos oído decir a alguien que no puede aguantar la risa. Claro que, la casuística es mucho más amplia. Un lejano pariente mío acostumbraba a mear desde el balcón de su casa a un pequeño grupo de oponentes políticos que hubieran cometido la imprudencia de situarse a tiro del regante. Entre los escolares era costumbre medir hasta dónde llegaba la meada. Y en las Mil y una noches, que tradujo otro famoso escritor levantino, Vicente Blasco Ibáñez, se cuenta el caso de una joven belleza cortejada por un hombre maduro. Una mujer de experiencia a la que consulta le recomienda tomar nota de la fuerza con la que el pretendiente dejaba marcada en la arena el chorro de su meada.

Ya dije antes que la casuística era amplia. El escritor y periodista coruñés Wenceslao Fernández Flórez, a quien gusto de citar por su aguda y humorística forma de describir la realidad circundante, cuenta el caso en uno de sus relatos de un militar de alta graduación que participa en una serie de actos de los que no puede ausentarse sin mover a escándalo. El hombre se libra por poco de la tentación de mearse sobre la bandera y otros símbolos sagrados de la Patria y cuando por fin llega a su casa para liberar la vejiga, se encuentra a su mujer en cama con otro hombre. Ante la tesitura de mearse encima o dar salida en el cuarto de baño al tormento que le agobiaba, escoge la segunda opción. Para ese momento, los adúlteros ya habían escapado.

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