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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Cuando la política es comedia

Diestros en el arte de la comedia desde los tiempos de Roma, los italianos han sabido convertir la política en farsa teatral. Véase lo ocurrido este último fin de semana, sin ir más lejos; aunque la tendencia venga de antiguo.

Habrá a quien sorprenda que la inminente primera ministra, Giorgia Meloni, jugase eróticamente con su apellido para exhibir un par de melones a modo de programa el día de la votación; pero no hay motivos para el asombro. Su predecesor Benito Mussolini, tan lejano en el tiempo como cercano a ella en lo ideológico, era también un orador del género bufo que abundaba en gesticulaciones, en desplantes, en arrebatos y en ademanes grotescos. Y aún así, o precisamente por eso, hizo carrera en el poder.

La confusión entre sainete y política es lo bastante notable en Italia como para que el cómico Beppe Grillo resultase el más votado en las elecciones generales del año 2013, al frente de su Movimiento 5 Estrellas.

Grillo, más excéntrico si bien mucho menos inquietante que Meloni, propuso en su momento el Día del Vaffanculo, con el propósito de que los italianos mandasen a tomar por salva sea la parte a los políticos tradicionales.

Lo de Meloni tiene menos gracia y más peligro para las libertades, naturalmente. Incluso en España resultaría poco concebible que un candidato situado como ganador por las encuestas irrumpiese en plena jornada electoral con un par de melones, como quien hace un chiste de Mistetas propio de Jaimito. La afición al género bufo es mucho menos acusada en este país, donde no por casualidad el bipartidismo ha resistido a los embates de la llamada nueva política.

Algo habrá influido el hecho de que España, a diferencia de Italia, no goce de una tradición escénica tan poderosa como la de la Commedia dell’Arte, que en los últimos decenios parece haber inspirado la política del país transalpino.

Para los italianos es normal cambiar de gobierno como quien muda de camisa, con tal frecuencia que en cuarenta años han tenido veintitantos primeros ministros de media docena de partidos. Baste decir que España contó durante el mismo período con solo siete presidentes.

Tanta agitación en el poder ha traído como consecuencia la demolición de los partidos tradicionales en Italia, sustituidos por un popurrí de formaciones que evocan el fútbol —como La Liga o Forza Italia— o la cerveza, tal que el antes mentado Movimiento 5 Estrellas de Grillo. Los dos primeros formarán ahora coalición de gobierno con los ultras de Hermanos de Italia, si bien el partido de Meloni ha obtenido más del doble de votos que sus dos aliados en conjunto.

Este último dato es el más perturbador, dado que los Hermanos en cuestión no solo hacen gracietas con los melones. Los chicos —y chicas— de Giorgia Meloni se han presentado bajo el lema Dios, Patria y Familia que ya usó en su día el Partido Fascista de Mussolini, pero eso es lo de menos. Lo de más es su desdén por la Unión Europea, su tirria a los homosexuales y a los inmigrantes y su nacionalismo de opereta.

Por fortuna, Italia ha dado suficientes muestras de que funciona habitualmente al margen de quién esté en el poder; y, por otra parte, es bien sabido que las tragedias de antaño suele repetirse como mera comedia en sus segundas ediciones. Meloni, que luce maneras de cómica, parece una muy apropiada candidata al papel.

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