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Carmen Martínez Fortún

Las cuentas pendientes que llegan con otoño

Tiene septiembre tres es y es el único mes del calendario que puede presumir de ello, y por eso suena diferente con sus tres vocales sonrientes o una lo prefiere tan solo por ser el mes de transición, cuando, muerto agosto, toca reparar estragos, vencer la pereza, superar la desidia y ponerse a lo que toca. Vuelve la vida a ser lo que era, con sus madrugones, su rutina, sus reencuentros, sus propósitos, sus planes, y sus ilusiones.

Las primeras lluvias han lavado la tierra polvorienta y el verde es más verde y el ocre más ocre. Otoño siempre es hermoso en esta tierra hermosa, castigada como otras igual de bellas, en este verano pasado de crueldad y fuego. Hace calor, pero menos. Quema el sol, pero menos. Y las tormentas afinan sus instrumentos de cuerdas, vientos y percusión mientras el aire huele a tierra mojada y los rojos atardeceres se adelantan en esa hora mágica de color gris rosa que no es noche ni día es.

Una nunca ha considerado el otoño como una estación decadente de hojas caídas e ilusiones perdidas, sino la época del renacer, abierta a un futuro que será el que queramos que sea. Pero es que una siempre ha sido ingenua y boba y muy amiga de tropezar en la misma piedra.

Es verdad que este aire otoñal apesta a intriga en la esfera judicial, a cloaca puerca en las informaciones sobre el pasado más que enterrado de la realeza o a sordidez espantosa en el modo en que la responsable de Igualdad se refiere al sexo infantil, y, sobre todo ello, sobrevuela la peste inmunda que despide un psicópata desesperado que amenaza acabar con todo.

Tal vez por todo eso, una sigue empeñada en brindar por la esperanza, contra el miedo que nos quiere mustios, atenazados por el pánico, inactivos, conformados, muertos en vida. Y eso no va a pasar.

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