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Juan Gaitán

El tiempo perdido

Tengo mucho escrito sobre el tiempo. Y es que de vez en cuando se me llena la columna de tiempo y de su paso, de su voluble manera de ser. Y después de tanto tiempo dedicado al tiempo solo puedo decir, al modo de San Agustín, que del tiempo puede decirse todo menos qué cosa es. Sin embargo, estamos siempre especulando sobre él, estudiándolo, como si fuese un animal bajo un microscopio.

En estos días se ha publicado un extenso informe de la Maryland and Delaware Enterprise University Partnership en la que aparecen unos datos desalentadores. De las veinticuatro horas del día, al parecer, desperdiciamos dos, lo que da una media de veintiséis días al año. No es poca cosa, sobre todo al saber que ese tiempo se nos va esperando a que nos atiendan una llamada telefónica, haciendo cola en una tienda o detenidos en un atasco.

Ya teníamos asumido que se nos pasaba un tercio de la vida durmiendo, pero quizás no que se nos iba una década en mirar el móvil y cuatro meses en decidir qué serie o qué película vamos a ver en una de las muchas plataformas. Y ciento cuarenta y cinco días esperando que se inicie sesión en el ordenador, a lo que habría que sumar otro tanto en tratar de recordar contraseñas, introduciéndolas incorrectamente o actualizándolas. Y seis semanas borrando correos electrónicos inútiles.

El tiempo perdido… He vuelto a buscarlo este verano, me he ido otra vez con Proust a caminar “por la parte de Swann”. También era verano la primera vez que me dejé llevar por esos caminos. Han pasado algo más de cuarenta años, pero no estoy muy seguro. Leyendo volví a tener catorce años, un verano eterno por delante y la esperanza.

Puestos a perder el tiempo, que tampoco tengo muy claro qué cosa sea eso, en vez de preocuparme por los impuestos al alza o a la baja, por Putin, sus armas nucleares y sus sabotajes, o por el arcaico poder judicial, yo me dejaría caer sobre la arena, al final de la tarde, absorto en la mutación de la luz. Puestos a perder el tiempo, haría como el monje aquel del cuento, que se extasió escuchando cantar a un pájaro y regresó al convento cien años después, cuando ya no quedaba nadie que lo recordara. Puestos a perder el tiempo, ese que no tengo y que no sé cuánto me tendrá él a mí, deambularía sin rumbo por los campos donde aún juega mi infancia, o por la plaza donde conocí el silencio, y volvería a la penumbra de visillos donde una mujer se peinaba y ya nada volvió a ser como era.

Puestos a perder el tiempo, en vez de mirar el móvil o desesperarme en un atasco, escribiría otra vez por soleares: “Esto será el olvido./ El tiempo dará la vuelta/ y no la dará conmigo”.

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