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José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Cuando la bomba es táctica

Los cronistas provincianos estamos desorientados respecto de las consecuencias de la guerra en Ucrania. Tan desorientados, por lo menos, como los estrategas de las tertulias que nos sirven las cadenas de televisión. En los primeros momentos de la invasión del territorio ucraniano por tropas rusas nos dijeron que la operación calificada por Moscú como “especial” (no mencionaban la palabra “guerra”) se produciría por aplastamiento dada la enorme superioridad sobre el papel del ejército invasor. Durante esos días, nos sirvieron imágenes de enormes colas de vehículos blindados avanzando hacia Kiev, la capital ucraniana, que estaba a punto de ser conquistada. Al menos, eso decían los corresponsales destinados en la zona. Estas informaciones se ilustraban con las imágenes horribles de las ciudades destrozadas por los bombardeos, la aparición de restos humanos de ciudadanos que previamente habrían sido torturados por la soldadesca rusa, así como la masiva huida de millones de personas que intentaban refugiarse en países vecinos. Las escenas de mujeres y niños hacinados en locales y campamentos improvisados mientras los hombres en edad de combatir eran reclutados por las fuerzas armadas ucranias, herían la sensibilidad más encallecida. El único optimista respecto al resultado final de la guerra parecía ser el presidente Zelenski, un actor cómico, de profunda voz, que mantenía elevada la moral de la tropa en sus vibrantes comparecencias televisadas. Así estaba la cosa, hasta que de pronto, casi sorpresivamente, el viento de la guerra cambió de dirección coincidiendo con la masiva entrega al ejército ucranio de las armas aportadas por las potencias occidentales.

El esperado contraataque ucranio dejó al descubierto la candidez y mala formación militar de los soldados rusos, muchos de los cuales se rindieron o desertaron tras haber entrado en pánico.

El presidente ruso, Vladímir Putin, que había sido comparado con Hitler empezó a ser tenido como un loco peligroso del que podía esperarse el lanzamiento de una bomba nuclear táctica si se encontraba derrotado y sin salida. Un eufemismo, que parece ocultar que la bomba nuclear táctica no es un artefacto de pequeño tamaño con muy tolerables consecuencias para el conjunto de la humanidad, pese a ser de mayor potencia que las bombas lanzadas por Estados Unidos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Si hemos de creer lo que dijo entonces el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, para justificar el acto criminal, el principal objetivo sería poner fin a la guerra en el Pacífico así como evitar más bajas entre los soldados norteamericanos. Y algo parecido podría argumentarse aquí, aunque los actores no son los mismos. En los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, la guerra entre Japón y Estados Unidos estaba llegando a su final con la segura victoria de Washington. Y tampoco había enfrente otro país con el mismo o superior armamento para darle la réplica adecuada. Es decir, el bombardeo de dos ciudades que no eran objetivo militar pudo realizarse tranquilamente y sin oposición, salvo el cargo de conciencia de quien resultare escogido para llevar a cabo semejante atrocidad.

Esta mínima reflexión sobre el acontecimiento que inauguró la carrera armamentística en la era atómica viene a cuenta de las advertencias del presidente ruso sobre la posibilidad del empleo del arma nuclear. Un asunto preocupante, si consideramos que Putin puede ser considerado un moderado si lo comparamos con los halcones que lo empujan a ser expeditivo. Y además no lo ocultan.

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