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Javier Cuervo

Un millón

Javier Cuervo

Ortega Cano y fuerza

Llevo toda la vida intentando no coincidir con Ortega Cano. Al principio era fácil y barato, bastaba con no ir a los toros. Desde hace años es imposible, así que me conformo con no coincidir en la carretera con él, aunque intento esquivarle cuanto puedo huyendo de los programas en los que algún pariente guarda silencio sobre él o algún familiar le lleva al juzgado por hablar de más. No soy partidario de esta reivindicación moderna que se hace de Rocío Jurado pero aunque le quitara las objeciones de ranciaspaña y de los versos manuelalejandrinos, aún quedaría esta tribu televisiva instalada en el negocio de la disfuncionalidad plena que dejó como legado.

Esta semana se daba el regreso de Ana Rosa de su viaje y estancia en el cáncer y casi era suficiente hasta que su colaborador José Ortega Cano se levantó a hablarle a su mujer a través de la cámara y decirle con desplante torero: “Te prometo una cosa, todavía mi semen es de fuerza. Vamos a por la niña”. ¿De verdad hace falta crear esa imagen a un país que está digiriendo el desayuno y a una mitad de la audiencia que prepara la comida? Olvida, España, a El Fary y su condena del hombre blandengue que llega Ortega Cano y su oferta de “semen de fuerza”. Hay presente y hay futuro, si va a por la niña, para que crezca contando trolas privadas y denunciando prójimos públicamente en las plataformas televisivas, ahora que empiezan a replicar en pijo Tamara el modelo de las generalistas.

Es difícil no encontrarse con Ortega Cano, incluso en zonas de confort como la sátira. La revista Mongolia ha sido condenada a pagarle al en su día matador 40.000 euros de indemnización más las costas judiciales por una ilustración de un cartel con un Ortega de cuerpo marciano. No se entienden la sucesión de decisiones judiciales desde la vía civil al Constitucional que obliga ahora a la revista a elevar su caso a instancias internacionales. Con esa sentencia no quedaría espacio para que existiera la sátira en general y eso pasa de Ortega Cano a castaño oscuro y llega a la libertad de expresión.

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