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De las “putas” de Madrid a las “putas” de A Coruña

Jóvenes de un colegio mayor de A Coruña, en 2017, tiran residuos ante una residencia religiosa femenina de las Inmaculadas tras gritarles "putas". I.R.

Durante más de una década estudiantes de un conocido colegio mayor de A Coruña iniciaban el curso escolar yendo a gritarles a las alumnas de la residencia de las religiosas de María Inmaculada en la Ciudad Vieja. Vestidos solo con el calzoncillo, berreaban bajo la ventana frases como: “Inmaculada, hazme una mamada” o “No quedará ni una puta sin follar”. Hoy, con la ley de libertad sexual que entró en vigor la semana pasada, la ley del solo sí es sí, esos jóvenes margaritos, como se denominaban a sí mismos, habrían cometido un delito, ya que la nueva norma castiga este tipo de insultos por razón de género, las expresiones y comportamientos sexistas que generan la humillación o la intimidación de la víctima.

Lo ocurrido en A Coruña hace años es idéntico a lo sucedido hace unos días en el colegio mayor Elías Ahuja de Madrid. Hombres adolescentes, un colegio mayor, y el mismo insulto hacia las mujeres: putas (la imaginación no ha avanzado). Todo es igual, pero todo es distinto. La sociedad de hoy no es la misma de la de hace una década. Hoy no se toleran comportamientos vejatorios y machistas que hace unos años socialmente se veían como un juego inofensivo de adolescentes. Se ha producido un cambio en la percepción, una concienciación general de lo que realmente significan estos hechos que no existía hace años.

En septiembre de 2010 yo escribí en este periódico una crónica de una de estas novatadas de inicio de curso en A Coruña. Me despertaron los gritos de madrugada y asomada a la ventana vi el espectáculo de veinte jóvenes en calzoncillos gritándole a las estudiantes de la residencia de las Inmaculadas, a escasos metros de mi vivienda de alquiler. Las estudiantes les arrojaban desde un cuarto piso tangas y cubos de agua. En el reportaje no se reprodujeron todos los insultos que escuchó el vecindario, acostumbrado por hechos similares otros años.

A la luz de octubre de 2022 he releído la crónica de septiembre de 2010, hace doce años. Compruebo el tono superficial, despreocupado, jocoso, una narración que deja traslucir la idea de que es una broma inofensiva, que se hace cada año según relatan resignados los vecinos, que es normal porque son jóvenes y se divierten. Ese punto de vista, tan ciego, se evidencia a través de frases que escribí entonces como: “Para provocarles un poco [ellas] agarraron tangas en la mano y los agitaron haciendo círculos al estilo de los vaqueros con el lazo para atrapar terneros. La euforia se fue apoderando de los chavales...”. Releer esto doce años después me hace sofocarme en el bochorno.

Porque así es como trabaja el machismo: no lo ves, puedes creer que no existe, pero en realidad está en todas partes, infiltrado en todos los estamentos, instituciones, en las familias. Desde el nacimiento, en las actitudes, en los prejuicios, en los comportamientos, incluso en la ropa o en los colores existe ese sesgo. Y es invisible porque se hace pasar por lo corriente, por la tradición. Así lo afirmaron las propias estudiantes del colegio mayor Santa Mónica de Madrid a las que los chicos llamaron “putas ninfómanas”. Dijeron ante las cámaras y en un comunicado: “no nos ofenden, son nuestros amigos, no es un canto machista, es algo habitual es “tradición entre colegios mayores.”

La palabra tradición es el cheque en blanco con el que en España se han avalado conductas que no desentonarían en un libro de Stephen King: tradiciones como el toro de San Juan en Cáceres, perseguido clavándole dardos hasta pegarle un tiro; lanzar una cabra desde el campanario, arrancar la cabeza a un ganso... También hace años era tradición casi exculpar a un hombre si mataba a su esposa si había sido por celos. Era un crimen pasional. La tradición como palabra que excusa, oculta y justifica.

Comprendo perfectamente que las estudiantes hayan salido a defender a los que las han insultado y humillado. No ven qué es lo que está mal al igual que yo no vi nada malo cuando en 2010 escribí la crónica de aquellos chicos simpáticos y divertidos y ay, un poco faltones, pero bueno. Pero estas jóvenes son adolescentes y esta periodista no, y tampoco lo era en 2010 cuando escribió ese reportaje ciega al machismo porque aunque una vaya de feminista, el machismo trabaja como la marea de fondo.

En 2017 de nuevo volví a realizar una crónica de esta novatada de los jóvenes del colegio mayor. Pero siete años después algo había cambiado, había algo nuevo: la violencia. En siete años se había pasado de los cánticos y los insultos a romper papeleras, coger carrerilla desde una cuesta y lanzarse contra la verja de la capilla de la residencia, que se rompió, o tirar y desperdigar cartones y basura de los contenedores.

Los insultos habían subido de grado. Por primera vez salieron vecinos a las ventanas a reprenderles. “Hijos de puta, machistas”, gritó desde una de ellas una indignada convecina. Al releer ese reportaje de 2017 noto no solo que ha cambiado la percepción de la sociedad sino también la mía. Ya no redacto desde un tono jocoso, no hablo como si fuese un juego inofensivo. Ahora escribo “estremecedor machismo”, escribo “agresividad”. Estos hechos narrados en 2010 no tuvieron consecuencias. Los de 2017 sí: el colegio coruñés expulsó de sus residencia a al menos dos jóvenes que participaron en la novatada. La Policía identificó a cuatro menores de aquel grupo que destrozó mobiliario urbano y el portal de la residencia. Los agentes del programa Axente Titor del 092 realizaron un seguimiento de los implicados. El colegio, que constató que en los hechos habían participado también estudiantes ajenos a la residencia, suspendió por primera vez las fiestas habituales de inicio de curso y la programación de excursiones optativas.  No se tiene constancia de que, desde 2017, se haya repetido este comportamiento que venía reiterándose desde hacía años.

Lo ocurrido con los estudiantes del Elías Ahuja de Madrid ahora lo leo con otros ojos, libres de las estructuras inculcadas desde el nacimiento. La necesidad de una ley que regule y castigue este tipo de comportamientos es fácil de entender: si no se ataja de raíz, lo que empieza como cánticos e insultos, con el tiempo deriva en violencia física, que puede pasar de dar patadas a una puerta o a una papelera a golpear a una persona.

La ministra de Igualdad Irene Montero clavó la descripción de esta actitud de los jóvenes madrileños: “cultura de la violación”. Los que aún no ven nada malo en esta forma de comportarse, en la cultura sexual de estos jóvenes, deberían pensar en por qué siempre gritan puta. Por qué no gritan brillante, inteligente, simpática, genial, amable, amiga, brava.

Decía Martin Luther King que no hay nada más peligroso que la ignorancia sincera. Ignorar que eras ignorante, ciega a lo que realmente significan hechos como los de los estudiantes del colegio mayor de A Coruña, es de lo que me acuso y por lo que me disculpo públicamente. Y sobre todo, pido disculpas a las mujeres, y sobre todo a las jóvenes. Porque desde un medio de comunicación se debe escribir con responsabilidad y mente preclara, porque existe una exigencia de ver más allá, de adelantarse a los cambios sociales. No se puede ser mal ejemplo y menos, ejemplo de prejuicios y de defensa de los privilegios de la mitad masculina de la población. Un día, en un determinado momento, algunas jóvenes estudiantes de Madrid que apelaron a la tradición y que no veían nada malo en que las llamasen putas, quizá abran los ojos y perciban la realidad tal y como es y no tal y como nos educaron la mirada, para perpetuar el machismo.

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