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Daniel Capó

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Xi Jinping en Pekín

Las imágenes televisadas de la expulsión del expresidente Hu Jintao durante el Congreso del Partido Comunista Chino han dado rápidamente la vuelta al mundo, planteando la posibilidad de un giro definitivo hacia el xiísmo en el gobierno del gigante asiático. Si en el pasado las distintas corrientes se equilibraban dentro de las elites que dirigen el país, la autoritaria figura del actual presidente Xi Jinping parece haberse impuesto ya sin contestación alguna. Líder profundamente nacionalista —como, de forma paradójica, ha sido el comunismo a lo largo de la historia a pesar de sus proclamas internacionalistas—, Xi encarna una línea dura dentro de la nomenclatura del partido, orientada hacia la proyección imperial de sus intereses. La famosa ventana estratégica que Pekín abrió hace ahora veinte años para expandir su economía se ha ido cerrando a medida que el país ya no puede crecer más sin causar profundas tensiones en los mercados globales. Ya con Trump —y ahora con Biden—, Washington captó los riesgos que para la hegemonía de los Estados Unidos supone la expansión china, al comprometer directamente los estándares de vida de la clase media occidental. Con algo de retraso, la pandemia del coronavirus —originada, al parecer, en un mercado de Wuhan— y la guerra de Ucrania han acelerado las suspicacias europeas, cuyas elites comunitarias han empezado a percibir el déficit manufacturero e industrial de la Unión como un motivo de especial preocupación. China ha crecido de la mano del globalismo, algo que no puede decirse de Europa. O no, al menos, del mismo modo. Ha prosperado hasta el punto de convertirse en el otro actor relevante de la geoestrategia global y Xi Jinping ha utilizado este resorte para dar un paso adelante hacia el exterior y otro hacia el interior purgando a sus adversarios. La política china resulta, en estos momentos, profundamente inquietante.

Desde su llegada al poder, Xi Jinping ha optado por impulsar los sectores clave de la economía del futuro: ciencia e innovación, defensa y energías verdes... No debemos olvidar la estrecha relación entre la política militar y el desarrollo tecnológico de una nación que, además, recurre con pocos miramientos al espionaje industrial. La internacionalización china ha buscado tejer una estrecha red de contactos con países africanos e hispanoamericanos, valiéndose del tradicional anticolonialismo de estas culturas, mientras aprovecha para tomar el control de importantes fuentes mineras, de tierra cultivable y —quizás aún más importantes— de reservas de agua. El apoyo —o la falta de apoyo, según los casos— de muchos de estos países a Ucrania y la posición occidental en la guerra no han pasado desapercibidos en las cancillerías internacionales. Al final, el aislamiento que padece Rusia no es tan generalizado como pretende dar a entender el conjunto de nuestra prensa. Y Xi Jinping ha desempeñado un papel central en este hecho.

Los veinte años de ventana estratégica se convertirán en otros veinte de pugna geopolítica entre los grandes poderes. China se prepara para esta guerra fría mediante el uso masivo de las tecnologías de la información y de la inteligencia artificial. Estados Unidos pretende capitalizar su mayor riqueza, la aún notable ventaja militar y su capital humano. Europea contempla la batalla con temor e impotencia, y también con mucha incomprensión. La fascinación narcisista por las identidades nos ha impedido mirar hacia oriente. Y es allá hacia donde debemos mirar.

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