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Joaquín Rábago

La guerra está ya fuera de control

A la voladura por Ucrania del puente que une a la anexionada Crimea con territorio ruso ha respondido el Kremlin con ataques a infraestructuras claves así como a objetivos civiles del país invadido.

La guerra en el país cuyo nombre significa en lengua eslava “tierra de frontera” parece estar totalmente fuera de control y nadie hace nada por pararla, sino más bien todo lo contrario.

Los ciudadanos están desmovilizados o se sienten impotentes: en Rusia porque, como no se cansan de repetir con razón nuestros medios, es una dictadura y quien protesta corre peligro de encarcelamiento, y en nuestro democrático Occidente porque parece haberse impuesto el pensamiento único.

Mientras tanto, en el país que resulta absolutamente clave para la solución del conflicto, los Estados Unidos de América, su presidente dice un día una cosa y otra distinta, al día siguiente.

Un día advierte a sus correligionarios del Partido Demócrata de un posible Armagedón porque nadie puede estar seguro de que el líder del Kremlin no vaya a utilizar, al verse acorralado, el arma nuclear.

Y un día después, el mismo Joe Biden califica el presidente ruso de “actor racional”, que “cometió gran un error de cálculo” al invadir el país vecino en la creencia de que iba a ser recibido por los ucranianos “con los brazos abiertos”.

Asistimos en efecto muchos, entre atónitos e impotentes, a lo que parece otra versión del llamado “juego de la gallina”, aquella apuesta popular en los años cincuenta entre jóvenes norteamericanos cargados de testosterona para ver quién saltaba primero de sus coches lanzados hacia un precipicio.

Sólo que esto es mucho más serio porque están muriendo decenas miles de personas, tanto soldados como civiles de ambos bandos y un país, uno de los más grandes de Europa, está siendo brutalmente destruido.

Mientras tanto, a los gobiernos europeos, decididos como el de Washington a dar una lección a Rusia, sólo se les ocurren medidas con las que intentar paliar a base de dinero el enorme impacto económico de la guerra en sus ciudadanos.

¿Quién habla en estos momentos de paz? El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, cada vez más crecido por el apoyo que recibe de Occidente, habla de recuperar todo el territorio invadido por el enemigo, Crimea incluida.

Y a su vez, Vladímir Putin no tiene la mínima intención de abandonar a los ucranianos rusófonos de las cuatro provincias anexionadas junto a esa península, que en referendos sin garantías internacionales manifestaron su deseo de formar parte de la Gran Rusia.

¿Ha pensado alguien, por cierto, en qué será de esos ciudadanos rusoparlantes en una nueva Ucrania dominada por el odio nacionalista entre las dos comunidades?

¿No radica precisamente ahí, en la discriminación de una minoría que no quería que, tras la revolución del llamado Euromaidán, se cortasen todos los lazos con Rusia, a la que se sentían finalmente más afines que a Kiev, una de las causas del actual conflicto?

¿No eran precisamente esas preocupaciones étnico-culturales las que se tuvieron en cuenta en los acuerdos de Minsk, en los que trabajaron ucranianos, rusos, franceses y alemanes, y que hoy parecen totalmente olvidados?

Tan olvidados como las advertencias que lanzaron en su día veteranos diplomáticos y politólogos como Henry Kissinger o George Kennan, entre muchos otros, en el sentido de que la ampliación de la OTAN buscada por Washington sería “un trágico error”, como la calificó el segundo.

Prudencia que pertenece ya al pasado. Hoy más bien se escuchan otro tipo de advertencias como las que lanzó el militar retirado y ex director de la CIA David Petraeus, quien aconsejó “hundir la flota nuclear rusa en el Mar Negro” en el caso de que Putin cometa la locura de utilizar una bomba nuclear táctica.

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