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Cristina Manzano

¿Occidente acorralado?

Cuando salió del avión, en lo alto de la escalerilla, Igor Stravinski hizo una gran reverencia, al estilo de la tradición rusa. Era 1962 y hacía 60 años que el legendario músico había abandonado su país. Despojado por el régimen soviético de todo su pasado, durante su largo exilio en París, primero, y en Hollywood, después, había renegado de cualquier cosa que tuviera que ver con Rusia. Le bastó respirar el aire de su tierra para recuperar de golpe su esencia.

Lo cuenta maravillosamente Orlando Figes en El baile de Natasha, un fascinante recorrido por la historia cultural de Rusia. Una historia marcada en oleadas sucesivas, a través de los siglos y las vicisitudes de la política y las mentalidades, por el amor y el rechazo a Occidente.

Así que cuando Vladímir Putin achaca a Occidente todos sus males, no está siendo nada original. Utiliza un recurso que ancla sus raíces en Pedro el Grande, cuando construyó su nueva ciudad desafiando la geografía y la naturaleza. Más que una ciudad, según Figes, San Petersburgo fue un proyecto “para reconstruir al hombre ruso y convertirlo en hombre europeo”. Ha sido ese péndulo entre sentirse parte de Europa y encontrar el alma propia —ya fuera en Moscú, en el campo, en la religión ortodoxa o en su lado asiático— lo que ha marcado la historia contemporánea de Rusia. El romanticismo, con su apego al orientalismo, tuvo también mucha culpa a la hora de exportar una imagen exótica y salvaje; algo similar ocurrió, por cierto, aunque con otros matices, con la imagen de España.

Hoy, cuando los grandes nombres de la cultura rusa han sido elevados a la cultura universal, cuando la globalización está borrando las fronteras en la literatura, la música, el arte, las ideas, la moda o el entretenimiento —que se lo digan a los creadores de series o a los grupos de pop coreanos— parecería absurdo plantearse si Rusia es realmente Europa —que lo es— o si existe un complot occidental para aniquilar al pueblo ruso —que no lo hay—.

Putin ha rescatado en sus discursos todos los demonios que un Occidente degenerado ha representado en la tradición ruso-soviética, corregidos y aumentados por su propia paranoia: el de la corrupción de los valores familiares y tradicionales por los lobis LGTBI, el del capitalismo salvaje (mira quién habla), el de la ambición imperialista… A ello se suma su venganza personal por la supuesta humillación recibida de Europa, y, sobre todo, Estados Unidos. El rencor por sentirse despreciado.

Este discurso de Putin, con otros orígenes y agravios muy diferentes, coincide con un movimiento más amplio de rechazo a lo occidental. Un movimiento que ha ganado fuerza en los últimos años en los países del llamado Sur Global, que buscan romper con el legado colonial en todos los sentidos. Pero que está encabezado, fundamentalmente, por la China de Xi Jinping, cuyo destino histórico es recuperar su papel como potencia hegemónica. Su principal problema es que tropieza ahí con la potencia hegemónica en curso, Estados Unidos. De alusiones veladas al gigante americano, sin citarlo, estuvo plagada la intervención de Xi en la inauguración del congreso del Partido Comunista Chino de hace unos días. Y uno de sus mayores desafíos será levantar un nuevo orden global sin poner en riesgo aquellos rasgos del existente que le han permitido llegar a ser lo que hoy es, concretamente las reglas sobre las que se basa y la apertura de los mercados globales.

En ese contexto, aupada en buena medida por el ascenso de Asia, ha ido tomando fuerza la idea del declive de Occidente, con EEUU, de nuevo, en cabeza. La presidencia de Trump y la atropellada salida de Afganistán de Biden fueron la puntilla en la percepción sobre la solidez y la fiabilidad de la potencia americana. Pero la pandemia y, sobre todo, la guerra en Ucrania, han revitalizado y reforzado la alianza trasatlántica y la unidad occidental. Las dificultades económicas que se atisban en el horizonte chino, por las consecuencias de una radical política de COVID cero, el creciente aislamiento de Rusia, el coraje y el ejemplo desplegado por los ucranianos en defensa de valores genuinamente occidentales y la firmeza de la respuesta euro-norteamericana hacen pensar que todavía es demasiado pronto para sentenciar el declive occidental.

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