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Salinas

Lecciones de un fracaso

Fracasar en la vida es lo normal. En el tránsito que vamos completando hacia el vacío final perder es lo habitual y las victorias son mínimas o incluso tan insignificantes que no merece la pena tenerlas en cuenta. Pero de jóvenes, en la plenitud, no hay ninguna enseñanza sobre cómo gestionar este tipo de sentimientos, sobre cómo levantarse después de caer. Las historias de los que pierden pasan, además, desapercibidas. Las derrotas son indignas, no tienen glamour. Nos engañan los que dicen que si no sabemos gestionar una mala emoción (con el riesgo de enquistamiento que eso tiene) es por nuestra culpa. Cuando eso ocurre se debe, fundamentalmente, a que se carece de las herramientas necesarias para afrontar ese fracaso.

En las escuelas se anima a los niños y adolescentes a competir entre ellos para intentar alcanzar las puntuaciones máximas en asignaturas que, muy probablemente, les aporten más bien poco en su desarrollo personal; se les echa al campo a competir en deportes por la frustración de unos padres que quieren que sus hijos sean lo que ellos fueron incapaces de ser y proyectan en ellos todas sus decepciones vitales. De mayores, hay dos alternativas. Una es emprender un negocio, lo que en realidad es un campo minado de impuestos, decepciones y desvelos, pese a lo que dicen los gurús del buenismo. La otra es trabajar por los otros (ya sea una empresa privada o pública), quienes, por lo general, disfrazados de buenos samaritanos no tienen pudor en ver cómo los demás se arrastran por ganar un poder irreal en forma de ascenso o de un par de euros más a final de mes. Y, al final del todo, llega un momento en el que todo lo hecho antes ya no tiene sentido y uno se convierte en un estorbo para el resto de la sociedad y, en el mejor de los casos, pasa a ser invisible. Son muy pocos los que trascienden y pasan a la historia, como diría el filósofo sudafricano David Benatar.

Los que ya vamos teniendo una perspectiva vital somos capaces de ver nuestros fracasos profesionales como algo natural, aunque duelan. Sin quedarnos atascados en ese malestar psicológico. Carol Dweck es profesora de Psicología Social en la Universidad de Stanford y es conocida por sus trabajos sobre lo que ha llamado mindset psicológico, que viene a ser algo así como que la mente tiene una serie de puntos de partida, una serie de actitudes fijas con las que afrontar los devenires de la vida. Sostiene que hay dos vías para afrontar uno de los múltiples fracasos con los que tropezamos. Una es aceptar los desafíos y las decepciones como una oportunidad; en el otro lado están todos aquellos que son incapaces de asimilar esa decepción. Esto quiere decir que es la forma en la que afrontamos esos fracasos lo que nos permite avanzar. Evidentemente, los que están incluidos dentro del primer grupo suelen ser también los más creativos y los que cuentan con un mayor abanico de recursos vitales. Seguimos con el encadenado, eso también tiene unos efectos de drenaje sobre la motivación intrínseca. La interior, la que realmente nos mueve a hacer las cosas.

En un reciente artículo publicado en la revista científica Papeles del psicólogo los investigadores Carlos Freire; María del Mar Ferradás y Antonio Valle, todos ellos de la Universidad de La Coruña; junto a José Carlos Núñez, de la Universidad de Oviedo, publicaron un interesante estudio sobre las dimensiones del crecimiento personal. Recogen que los enfoques sociológicos defienden que la vida adulta no conduce de forma necesaria a una mayor madurez. “Será el modo de afrontar los retos vitales el que determinará si el individuo experimenta un avance o un estancamiento en su crecimiento personal”, aseguran.

Hay algo mucho más importante. Está bien fundamentado que la forma que tenemos de afrontar los problemas de vida cotidiana y de gestionar todos esos fracasos acaba redundando en mejorar el desarrollo de todo el potencial individual. Y, va otro encadenado, esa mejora hace que aumente el consumo de psicofármacos, que desde hace ya bastante anda disparado, especialmente desde la pandemia, y que en Asturias alcanza niveles elevadísimos, muy por encima de la media del país.

La moraleja es que el crecimiento personal y la forma de afrontar los problemas frenan los viajes a la farmacia.

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