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Carles Francino

Papá, no te cabrees en tren

Los trenes han protagonizado una gran revolución desde que hace 30 años se abrió en España una carrera de competencia territorial al grito de “¡No sin mi AVE!”. Es verdad que el desarrollo de la alta velocidad no ha sido equitativo, que como no espabiles con mucha antelación los billetes pueden salirte a precio de gas, que el modelo radial —en lo ferroviario y en todo lo demás— estrecha el terreno de juego —¡Dios, el corredor mediterráneo…!— y que la abundancia de AVE ha propiciado una siembra de cadáveres en forma de líneas que son desatendidas o directamente desaparecen. ¡Es el progreso, amigo!, podríamos decir, remedando la frase del ínclito Rodrigo Rato.

A mí no me parece bien y además, como soy un romántico empedernido, lamento que se haya perdido aquella mirada sosegada desde trenes que no iban a toda leche como estos de ahora. Pero el tren sigue siendo un ecosistema de convivencia muy especial, donde puede ocurrir de todo: desde que una panda de neandertales instalados en el vagón cafetería acaben provocando retrasos y perjudicando a centenares de pasajeros; hasta que un interventor, no sé si en un mal día o con las reservas de paciencia agotadas, desembarque a un grupo de escolares —y sus correspondientes profesores— por hacer el ganso.

Me parecen dos episodios que sirven para dibujar esa línea tan fina que siempre ha separado derechos y deberes, pero que últimamente se ha vuelto aún más difusa por la confusión y el uso perverso de conceptos como libertad, respeto o tolerancia. No todo vale para divertirse. Ni tampoco todo sirve para sancionar una conducta inapropiada. Ya sé que una despedida de soltero —o de soltera— puede crear un clima de exaltación de la amistad del que resulta difícil salirse. Y sé también que una horda de niños excitados son capaces de exasperar al más pintado. Pero creo que urge chutarnos una buena dosis de calma o acabaremos mal. Hay que recuperar la filosofía que transmitía aquel eslogan de Renfe que decía: “Papá, ven en tren”.

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