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Juan José Millás

el trasluz

Juan José Millás

Despedidas

Hay movimientos que llevo realizando a lo largo de los años sin ser consciente de ellos. El de afeitarme, por ejemplo, que exige el concurso de las dos manos: la de la izquierda, que estira la piel, y la de la derecha, que pasa la cuchilla por la zona tensada. He adquirido tal maestría en este menester que podría llevarlo a cabo a ciegas. De hecho, a veces pienso que quien se afeita es mi reflejo y que yo no hago otra cosa que repetir mecánicamente sus gestos. Ahí está ese, afeitándose, me digo, cuando en realidad me está afeitando a mí al tiempo de afeitarse él. Nos hemos acostumbrado a los espejos porque llevamos siglos utilizándolos, pero se trata de un invento brutal, que nos permite vernos fuera de nosotros, al otro lado de un cristal bañado en azogue. En fin.

A veces me pregunto si mi reflejo, cuando yo estoy fuera de casa, continúa afeitándose a la misma hora en la que lo hago yo en un hotel, frente a otro espejo con el que lo estoy traicionando. O tal vez no: tal vez todos los espejos sean una parte de un solo espejo repartido a lo largo y ancho de este mundo al modo de esos países cuyo territorio está disperso. En ese espejo gigantesco cabe la humanidad entera. Ahí estamos todos. El que se mira en la India y el que se mira en Barcelona se miran en el mismo espejo. Somos tantos mirándonos al mismo tiempo que no sería raro que un día, por error, en vez de vernos a nosotros afeitándonos, viéramos a un chino que se está rasurando en ese instante en Pekín. Cuando pienso en ello, se me pone cara de chino y tengo que abandonar la tarea porque me da un poco de angustia.

Otro movimiento que realizo desde épocas inmemoriales es el de pasar las hojas del periódico. ¿Cuánta gente, en la Tierra, las pasará en el instante en el que las paso yo? Se me ocurre esto al mover el brazo derecho de derecha a izquierda para progresar desde las noticias de Sociedad a las de Cultura. Ese desplazamiento elegante, que dibuja un arco en el aire, dejaré de hacerlo cuando el periódico de papel muera definitivamente, o cuando me quite de él como me quité del tabaco. En ocasiones, sin darme cuenta, todavía me llevo dos dedos a la boca como si sostuviera entre ellos un Camel o un Marlboro. Somos nuestros gestos. A medida que nos abandonan, nos vamos despidiendo de la vida.

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