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Matías Vallés

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Matías Vallés

Piqué pierde la cabeza

Hablar de la retirada del esposo de Shakira no es feminismo, sino machismo inverso. En el imperio de las celebridades, ni Piqué ni su esposa se recuperarán jamás de la colisión de dos de los cerebros más privilegiados de sus generaciones respectivas, desde la contradicción de que ascendieron a dimensiones míticas por sus malabarismos vocales o pedestres, por sus habilidades circenses. La personalidad del defensa central es tan apabullante que sus éxitos en el campo palidecen ante su discurso y sus aventuras empresariales. A ambos, el mundo se les quedó pequeño, inhabitable a la hora de compartirlo.

Para sellar la despedida, Piqué elige un vídeo cuidadosamente editado sobre su infancia. Ni siquiera atiende a sus primeros pasos triunfales en el estadio, remite a esa edad en que todos los niños son tan hermosos como las ovejas contempladas a considerable distancia. La manufactura de la grabación evoca la inocencia recuperada, sin advertir que ese milagro supone haberla perdido previamente. El barcelonista no solo amenaza con regresar al Camp Nou con el título previsible de presidente, también reivindica su inteligencia por encima de sus prestaciones futbolísticas. Siempre jugó mejor con la cabeza que con los pies, ahora la ha perdido.

Piqué ha obtenido los títulos más importantes, varias veces. Se discutirá si es el mejor central de todos los tiempos, aunque no ha podido superar el duro invierno. El banquillo le amenaza en más de una de sus variantes. Los cronistas preferirían que se hubiera resignado a hablar sobre el césped, porque un deportista que triunfa en La Resistencia es sospechoso de herejía. Madrid le daba los contratos del tenis y de la Federación, mientras olvidaba cuidadosamente sus manifiestos a favor del voto en un referéndum de independencia. Es tan injusto recordarle a Shakira como limitarlo a un treintañero en calzón corto que pilota condescendiente un Aston Martin. Había llegado al punto en que nada era suficiente, ahora descubrirá que las negociaciones son más difíciles cuando se afrontan sin el respaldo de unos músculos que el cisne del área menospreció en sus últimos aletazos.

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