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José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

De Rita Pavone a Giorgia Meloni

Por su dinamismo, su estatura, y su voz potente y algo ronca, la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, me recuerda —aún no sé bien por qué— a Rita Pavone, una cantante que fue muy famosa en la década de los sesenta del pasado siglo. Acostumbraba salir al escenario con unos pantalones ajustados, botas de tacón y ese impulso eléctrico que en tiempos llamaron “marcha”. Es decir, una actitud ante la vida que obligaba a participar de una artificiosa alegría. “Hoy tengo una marcha tremenda”, intentaba animar un joven el ambiente mortecino de un grupúsculo que arrastraba los pies en la alta madrugada con más ganas de regresar al hogar paterno (y materno) que otra cosa. Eran los tiempos (para situarnos) en que la juventud salía a la calle pasadas las dos de la mañana de un sábado porque si lo hacía antes no encontraría gente que mereciese la pena en discotecas, pubs musicales y otros lugares de esparcimiento. Es decir, de gente con “marcha”. Rita Pavone reinaba en esos espacios y fue considerada como legítima heredera de Renato Carosone y Adriano Celentano, por poner un ejemplo de la música alegre frente a la romántica de Domenico Modugno, que emergió del festival de San Remo. (Ciao, Ciao Bambina, Tu sei romantica, etc., etc.).

Después de la horrible matanza de la Segunda Guerra Mundial, la ciudadanía europea necesitaba cantar y divertirse y los artistas italianos contribuyeron a ello en buena medida. En la España de solo dos canales públicos de televisión y once millones de audiencia eran asiduos, entre los hombres, Tony Dallara, Nicola di Bari, Peppino di Capri, Al Bano; y, entre las mujeres, Milva, Mina, Ornella Vanoni y, de manera especial, Raffaella Carrà, que llegó a tener programa propio.

La política italiana desde 1945 fue azarosa y se apoyó en dos grandes partidos, la Democracia Cristiana de Aldo Moro y Andreotti y el PCI eurocomunista de Enrico Berlinguer. El primero de ellos intentó firmar un “compromiso histórico” con los eurocomunistas y fue secuestrado y luego asesinado por unas denominadas Brigadas Rojas, un grupo sospechoso de ser creado para frustrar el proyecto convivencial mediante el terror. Además del secuestro y asesinato de Aldo Moro, que fue una advertencia tenebrosa a quienes pretendan alterar el diseño concebido por los que controlan el negocio universal, en Italia se sucedieron los atentados terroristas. Y se entró en un tiempo de inestabilidad política y económica, como pocos se habían conocido antes, pese a la proverbial habilidad del país a superar ese trance en el último minuto.

Ahora está al frente del gobierno una mujer que proviene de la extrema derecha y elogió la figura de Mussolini. La acompañan en la aventura de superar la crisis, Salvini de La Liga Norte y Berlusconi de Forza Italia, otros dos ultras. Su primera intención fue tranquilizar a la opinión pública sobre el alcance real de su proyecto posfascista. En el fondo, es un problema de vestuario. Para ser y ejercer como fascista ya no hace falta ir uniformado de fascista. Ni extender el brazo derecho, ni cantar mirando a los luceros, ni siquiera acosar a los demócratas. Ellos también se consideran demócratas.

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