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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Hay mucho pájaro suelto

El hombre más rico del mundo se ha dado el capricho de comprar una jaula de pájaros por la formidable cantidad de 44.000 millones de euros. Fabricante de coches eléctricos y fletador de satélites al espacio, Elon Musk pagó esa suma por la red social Twitter y enseguida se ha puesto a despedir currantes. Buen pájaro está hecho.

Tampoco es que la marca del pajarito azul tuviese mucha gente en nómina. Con más de 330 millones de clientes activos, Twitter apenas emplea a 7.500 trabajadores. O empleaba, para ser exactos. Musk, el nuevo jefe del invento, ha decidido prescindir de la mitad de tan escueta plantilla para reducir gastos, en plan Tío Gilito.

Ese puñadito de asalariados suena un poco a broma, si se compara la cifra con los más de dos millones de la también norteamericana Walmart o los 165.000 que emplea en todo el mundo una famosa empresa de Arteixo. Por no hablar ya del cuantioso número de trabajadores que cualquier Estado —aunque sea de medio pelo— tiene en nómina. Son comparaciones sin mucho sentido.

Lo que en verdad importa en la nueva economía nacida de la revolución tecnológica no es el tamaño laboral de una empresa, sino su influencia. Y en ese aspecto, el nuevo negocio adquirido por Musk es una pajarera de oro puro.

En la jaula de Twitter gorjean a diario presidentes, ministros, empresarios, artistas, intelectuales e incluso gente de infantería deseosa de gozar de sus quince minutos de gloria. Esa presencia de personalidades de tronío no impide, cierto es, que la red evoque a menudo el ambiente de un bar suburbial de madrugada en el que se escuchan voces fuertes, insultos, desafíos en forma de zasca y, en general, mucho ruido.

Tampoco hay por qué fijarse en el tono levemente macarra que caracteriza a muchos de los tuits de la red. Si algo distingue a Twitter no es su contenido, sino el eco de lo que allí se depone, en modo alguno comparable al alcance más bien modesto de los garitos de madrugada. No interesa tanto lo que se diga como su capacidad de viralizarse, que es término apropiado para las infecciones. Solo un bar de repercusión mundial como éste podría valer 44.000 millones de dólares/euros.

Quizá por eso sorprenda un poco en Musk, acreditado empresario, el ansia de sacarle pasta cuanto antes al artefacto que se ha comprado. El millonario más millonario del planeta ha de saber, por experiencia, que un medio de comunicación no sirve tanto para ganar dinero como poder. Una vez obtenido este, los cuartos llegan por añadidura.

Más que otra cosa, lo que Twitter le proporciona a su feliz comprador es la capacidad de decidir aquello que se publica o no en un medio de dimensión planetaria. Musk no responde más que ante sí mismo, a diferencia de otros órganos de poder convencionales, enojosamente controlados en teoría por los parlamentos y los jueces.

Consciente de que va a mandar mucho, el hombre de la pajarera de oro ha querido tranquilizar al mundo anunciando su propósito de evitar “el odio y la división” que generan redes como la suya. Puede que sí, pero de momento ya considera la posibilidad de devolverle su cuenta a Donald Trump: un adicto al tuit que no paró de soltar trolas y desatinos en ella durante su estancia en la Casa Blanca.

Ya se sabía que hay mucho pájaro suelto por ahí. Se ignora, en cambio, lo que hará con ellos Musk, su nuevo dueño.

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