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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Y encima es gallego

No parece que Alberto Núñez Feijóo esté encajando en el arisco ambiente de la Corte, pese a las halagüeñas expectativas que le ofrecieron de entrada —y todavía ahora— la mayoría de las encuestas. Le llaman Rajoy 2, lo reputan de blando, de calzonazos, de veleta, de indocumentado, de vago y todo por ese palo. Y encima es gallego.

Por más que el actual líder de la oposición emprendiese su carrera política en Madrid, el adjetivo que más se le coloca es el de paleto. Incluso en su partido le animan, anónimamente, a que se deje de “gallegadas”, que son acciones propias de gallegos.

A falta de mejores sinónimos, Feijóo es “el gallego” en las crónicas. La apelación al origen geográfico no deja de ser curiosa. Nadie se refiere a Pedro Sánchez, pongamos por caso, como “el madrileño”, ni a Santiago Abascal como “el vasco”. De Felipe González se sabía que era andaluz, quizá por su acento; pero no se insistía demasiado en ese rasgo.

Atribuir los actos de un gobernante a su procedencia responde, seguramente, a una cuestión de estereotipos. Ocurrió algo parecido con Mariano Rajoy, al que Rosa Díez calificó en su momento de gallego en el sentido “más peyorativo” del término. Se conoce en esto que un gallego solo puede ir de peor a lo peor, según esa gradación.

De ello dan fe los chistes de galaicos que han llegado a constituir todo un género en Latinoamérica. Son burlas en las que se retrata a los gallegos (que son todos los españoles por allá) como gente más bien torpe, rústica y de cociente intelectual tirando a subterráneo. Nada original, por otra parte. Se trata de los mismos chascarrillos aplicados a los leperos en España, a los belgas en Francia o a los polacos en Norteamérica.

Con este estigma de la galleguidad no contaba tal vez Feijóo, aunque el precedente de Rajoy debiera haberle puesto sobre aviso. Si fuese albaceteño, un suponer, sus decisiones serían interpretadas en clave política o a lo sumo, sociológica. En su caso ha de cargar, además —o, sobre todo—con el añadido de la etnia que le hace cometer gallegadas.

Se ningunean incluso las pertinaces mayorías absolutas del candidato a palos, por la obvia razón de que las obtuvo en Galicia. Esas son cosas de provincias y, sobre todo, de los gallegos, que elegirían a cualquier aspirante del PP por mera rutina. Incluso si se presenta escondiendo las siglas de su partido, como solía hacer Feijóo.

Nada de eso ocurre en Madrid, distrito federal, donde la derecha gobierna sin interrupción desde hace treinta años. De hecho, solo ha habido un presidente de izquierda en ese reino autónomo. Dos, si bien breves, son los socialistas que ha tenido Galicia al mando; y uno de ellos llegó al poder tras batirse en las urnas con el mismísimo Manuel Fraga. Tan fácil no ha de ser.

Lo malo de tirar de tópicos es que la realidad suele resultar mucho más compleja. Reducir España a un mosaico de catalanes agarrados, gallegos dubitativos, madrileños chulos, aragoneses tercos y andaluces jacarandosos es una simpleza útil para las comedias, pero acaso no tanto para la política.

Aun así, la idea de pintar a Feijóo como un émulo sin boina de Paco Martínez-Soria parece más exagerada de lo habitual. Vale que sea gallego, pero el Gobierno no debería empeñarse tanto en hacerle gratis la campaña: sin más que hablar de él todo el rato.

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