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José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Cuando peligra la democracia

Ya lo avisó el intelectual norteamericano Gore Vidal, los Estados Unidos de América reúnen las condiciones necesarias para convertirse en una potencia fascista. Expresarlo de esta forma, tan contundente como resumida, podría resultar excéntrico hace unos pocos años, cuando la nación, y sus elites, todavía guardaban respeto a la estructura política creada por los colonos europeos que se habían independizado del dominio británico. Y su transformación en una República, que proclamaba la igualdad entre individuos libres, la dotó de una fuerza expansiva como pocas veces se ha visto en la Historia. La que luego sería considerada primera democracia liberal (junto a la surgida de la Revolución francesa) comenzó a conquistar los extensos territorios que ocupaban las numerosas tribus indias. La lucha desigual entre el ejército norteamericano y los habitantes de las praderas que todavía usaban armamento prehistórico, como los arcos y las flechas, concluyó con el confinamiento de los aborígenes en las llamadas “reservas”, una especie de campos de concentración donde malvivieron en condiciones lamentables; calificar de genocidio esas prácticas no parece exagerado. El resto de las conquistas, empezando por los territorios apropiados a México y a la Corona española en Cuba, Filipinas, y otros enclaves menores se hizo con rápida desfachatez. A partir de ese momento, de la influencia imperial de Washington podría decirse lo mismo que se dijo del rey español Felipe II. Es decir, que en sus dominios no se ponía el sol. Por lo que se refiere a la injerencia de EEUU en la política internacional durante el pasado siglo XX y lo que va del siglo XXI (dos Guerras mundiales, el bombardeo atómico obre Hiroshima y Nagasaki, las guerras de Corea, y tantas otras, hasta las penúltimas de Afganistán y Ucrania), podríamos calificarlas de terrorismo en la medida en que todas las guerras causan terror a los que participan en ellas, o las instigan y financian. Desde ese punto de vista, la política exterior de Estados Unidos no ha sido precisamente democrática. Lo que no impidió que en el interior el país se dieran millones de actuaciones (individuales o colectivas) perfectamente ajustadas a la Ley y respetuosas con los derechos humanos. El contraste entre uno y otro comportamiento genera crecientes tensiones. Y un ejemplo, mal ejemplo, de esa peligrosa contradicción la tenemos ahora a la vista con la reaparición política del inefable Donald Trump, que aspira a liderar el partido Republicano y regresar como presidente a la Casa Blanca. Creímos ingenuamente que su carrera de demagogo se había terminado con su participación en el delirante asalto al Capitolio, pero no contábamos con que la masa ignorante que lo sigue es mucho mayor de lo calculado. Tanto que el actual presidente, el demócrata Joe Biden, ha llegado decir,durante la pasada campaña electoral, que “la democracia está en peligro”. La fragilidad de Biden, que se ha desorientado en público, contrasta con la fatuidad obscena de Trump sin que aparezcan en escena las personalidades políticas llamadas a sucederlos. El listado de problemas sin resolver satisfactoriamente (inflación, racismo, migración clandestina, aborto, violencia, etc, etc) ha propiciado la división del país en dos bloques antagónicos y, a lo que parece, irreconciliables. La advertencia premonitoria de Gore Vidal, que ya hace años observaba comportamientos fascistas en su país, introduce inquietantes perfiles en el panorama político. No hace falta que los fascistas vistan uniformes paramilitares para distinguirlos. También hay un fascismo de traje de chaqueta y corbata.

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