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Pilar Garcés

El deslliz

Pilar Garcés

Los chicos no quieren la paga (cultural)

Cuatro de cada diez jóvenes en edad de hacerse con el bono cultural que ofrece el Gobierno a quienes en este ejercicio cumplen los 18 no lo han solicitado. Les dan una paga de 400 euros para invertir en ilustración sin más requisitos que soplar un número concreto de velas y pasan. Le hacen un corte de mangas a papá estado civilizador. Pequeño, no se vayan a herniar. La iniciativa pionera de regalar un dinero a quienes se estrenan en la mayoría de edad para que adquieran productos y experiencias relacionados con la música, las artes y las letras, en formato físico, digital o presencial, ha dejado un regusto agridulce en los adultos responsables de su puesta en marcha en el ministerio que dirige Miquel Iceta. Que muy a tono con los tiempos de sobreprotección absurda y educación en el mínimo esfuerzo que corren se han aprestado a echarse la culpa, porque igual la tramitación resultaba farragosa. Bienvenidos al mundo de los mayores, chavales, donde dar curso a la beca comedor que te denegarán te lleva dos días y conseguir una cita para pasar la ITV requiere paciencia. A mí no me convence demasiado el argumento, pues el proceso se fue aligerando y los plazos se ampliaron conforme se recibieron las primeras quejas. Si 281.557 lograron solicitarlo, todos habrían podido. Hablamos de un sector de la población conectado a todas horas, que maneja la información que le resulta provechosa sin necesitad de tutelas, y con enorme pericia en procesos telemáticos, como demuestra el hecho de que algunos de los artículos adquiridos con el bono juvenil ya se están vendiendo en las plataformas de segunda mano. “Videojuego nuevecito, recién comprado con el bono cultural”, reza el anuncio. Hay dos causas que pueden explicar el elevado desinterés por un regalo como este. Que a los chavales les sobra el dinero, pues sus padres les financien con facilidad el libro o festival que les apetece. O que les sobra la cultura.

No a todos, seguro, pero a algunos sí que les sobra. Por ejemplo, a los que este fin de semana entraron en el Museo del Prado con una brocha gorda y un bote de pegamento y se adosaron a los cuadros de las Majas de Goya, clamando contra el calentamiento global. Siguen la estela de los otros activistas muy jóvenes que lanzaron sopa y tomate contra obras de arte mundialmente conocidas semanas atrás. Pocas veces una lucha tan importante como la ecologista contra el cambio climático ha tenido unos valedores más obtusos. La burricie y el desprecio por el patrimonio colectivo que guardan las pinacotecas solo ha podido solidificarse en sus cerebros a base de muchas horas de redes sociales, de vídeos cortitos y viajes a parques temáticos de masas (en avión, por supuesto). Seguro que su inversión en cultura no ha ido mucho más allá de enchufar el móvil a la red, que me he quedado sin batería y mi influencer de cabecera hace un directo. No creo que se hayan dejado la paga en libros, en música, en teatro ni en cómics si su manera de protestar consiste en asaltar los templos públicos del saber. Espero que afronten las consecuencias de sus actos como adultos, y que Iceta se gaste en reforzar la seguridad de los museos los 98 millones de euros del bono juvenil que le han despreciado.

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