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José María de Loma

La conferencia

El otro día estaba en mitad de una conferencia y de pronto entró una persona que yo creía que había muerto. Recorrió el pasillo sin que nadie reparara en él, sin hacer ruido ni molestar a nadie; se sentó en un hueco de la primera fila, muy cerca del conferenciante. Pero éste no varió un ápice el rictus y continuó hablando. Llevaba un traje anodino, oscuro pero no negro, bueno pero algo gastado. Traté en mi mente de aclarar la confusión.

Es evidente que este hombre está vivo, me dije. Me puse a pensar en los amigos o conocidos con los que pudiera haberlo confundido. Creí dar en la clave: hacía un par de meses había leído la noticia de la muerte de un escritor al que conocía difusamente. Al leer el texto adjudiqué al finado el físico del hombre de la conferencia, otro escritor al que también conocía vagamente y al que no veía desde hacía años. Pensé en levantarme y decirle que me alegraba mucho de que estuviera vivo, pero no quería interrumpir el acto. Ni parecer tonto. Tratar de no parecer tonto es algo que me suele llevar bastante tiempo. Lo malo es que me quita tiempo para ser listo y además no siempre tal actitud produce los resultados deseados. Una tontería.

Continué observando vivamente al muerto o exmuerto. La verdad es que no se movía apenas. Las personas que tenía sentada a su izquierda y su derecha se hacían de vez en cuando un comentario entre ellas ignorando a nuestro protagonista. Ni siquiera bostezó cuando todos lo hicimos la tercera vez que el conferenciante dijo “voy terminando”. La promesa de terminar nunca debe incumplirse, pero además nunca debe formularse en gerundio. O era inmune al aburrimiento (y a las falsas promesas) o estaba dormido. Como yo, que de pronto cerré los ojos. Me costó un buen rato volver a abrirlos mientras me llegaba de lejos, mansa y cansinamente, el rumor de la voz del conferenciante. Los abrí. Demasiada oscuridad.

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