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Juan Tallón

Parece una tontería

Juan Tallón

Mira en la basura

Debajo de casa hay un par de contenedores de basura. No son ninguna maravilla, sinceramente. Te cruzas con ellos al salir del edificio y no piensas “Grandiosos, magníficos, dos obras maestras, qué duda cabe”. No, eso no. La panacea es otra cosa. Al verlos ahí plantados, a menudo llenos, el pensamiento discurre por cauces distintos. De hecho, el día que nos mudamos al nuevo piso, y reparamos en su presencia, presentimos que podrían amargarnos la existencia. Personalmente, no me gusta ser optimista, para eso, además, hay que pensar en el futuro, tener expectativas, distraerse de lo que estás haciendo ahora mismo. Por suerte, no es lo que acabó pasando. Convivimos amablemente. Los días que rebosan y apestan, asestando a la calle un golpe de fealdad, se compensan con momentos puntuales en los que la basura roza la genialidad, cuando alguien en el vecindario se desprende de una cama con la forma de sus dueños de tanto dormir en la misma posición, de una lámpara, de un fax.

Algunas noches, cuando bajo las persianas, me distraigo espiando la calle con la esperanza de encontrar en los contenedores un colofón perfecto al día. Todo porque hará un mes, al salir a tirar cajas, a eso de las once, descubrí un armario de una sola puerta, viejísimo, bastante siniestro. En la cerradura había una llave adornada con un pompón. Los pompones me parecen siempre una pequeña cumbre de la ridiculez humana. Me rendí a la tentación de girar la llave y abrir la puerta, y en el interior descubrí colgado un chaquetón de astracán gastadísimo. Parecía vivo, sin embargo, como si el dueño estuviese a punto de bajar, ponérselo y salir a divertirse con otro fantasma. Ahora me arrepiento de no haberlo probado. Me conformé con cachear los bolsillos. Estaban vacíos, lo que me sumió, no sé por qué, en una gran melancolía. Supongo que ansiaba descubrir algo, aun insignificante, quizá un resguardo de la tintorería, una vieja entrada de cine, una cinta de pelo, un bolígrafo gastado, lo que sea que impidiese que la historia del astracán se acabase allí, en la basura. En unas pocas ocasiones, después de todo, la vida reserva a algunas cosas inesperadas segundas partes.

Hace años, un amigo de un amigo salió a hacer deporte, y cuando estaba a cinco o seis kilómetros de su casa, se detuvo en seco al distinguir un enorme trozo de madera apoyado en un contenedor de basura. No acababa de creer lo que veía. Aquello no era un trozo de madera cualquiera. ¡Era su escritorio! En su día, su padre lo había diseñado y montado para él. Al dejar el anterior apartamento, sin embargo, se lo vendió a la dueña de una panadería cercana, a la que le había hablado del mueble, y le encantó. En el piso al que se mudaba no había sitio para el escritorio ni le parecía que encajase con el estilo de la nueva vivienda. Verlo abandonado de aquel modo, después de tanto tiempo, fue “como leer en el periódico la esquela de un conocido al que hacía mucho que no veía ni llamaba”. Después de hacerle una foto, continuó con su carrera.

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