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Mercè Marrero

Referentes de hoy

Una empleada de Twitter ha colgado una foto de sí misma durmiendo en el trabajo. Tirada en el suelo, dentro de un saco de dormir y con un antifaz. En otro momento de mi vida habría imaginado que esa mujer, Esther Crawford para más señas, debe llevar una existencia carismática y de película. Ritmo vertiginoso, trabajo en el ámbito de la innovación y la tecnología, residencia en California y manejando parte de las entrañas de una red social todopoderosa. La foto iba acompañada de varios hashtags de exaltación laboral: #duermedondedetrabajas y #amadondetrabajas. Es curioso cómo cambian los referentes en la vida. Hoy no cambiaría mi cama por nada.

Jamás he sido mitómana. Es más, durante una época y para no desentonar, traté de obligarme a admirar mucho a alguien. No sé, un cantante, un modelo, una causa política o un actor. Solo lo logró Bono, de U2, porque aglutinaba el sex appeal, la creatividad, el ritmo y la conciencia social en una sola persona. Durante estos últimos años, diferentes profesionales y gurús de la autoayuda nos han bombardeado con lemas sobre la importancia de apasionarse por todo: por el trabajo, por las aficiones que practicamos, ¡por uno mismo! y, la verdad, es que he llegado a la conclusión de que no pasa nada y que tampoco eres peor persona o profesional si decides volver a casa a descansar, en vez de echar una cabezadita en el suelo de tu puesto de trabajo.

La imagen de Twitter me ha hecho plantear el estilo de algunos referentes actuales. ¿Me gustaría que Elon Musk fuera mi jefe? No, no querría trabajar para un tirano. ¿Disfrutaría de que alguien como Esther Crawford fuese mi compañera de despacho? Tampoco. Siempre me han cansado las personas de hashtags exaltados. Y, sin necesidad de irme hasta California, ¿me siento tranquila al pensar que mis hijos pueden tener en cuenta la opinión de muchos youtubers famosos sobre la solidaridad, el compromiso fiscal o la igualdad de género? Nada. ¿Me siento identificada con los activistas que deciden tirar salsa de tomate y poner en peligro las obras de Van Gogh o de Vermeer para llamar la atención sobre las consecuencias del cambio climático? En absoluto. Jamás podré sentir empatía (ni simpatía) con alguien que pretende aniquilar la belleza de una obra de arte para hacer prevalecer sus ideas, por muy razonables que éstas sean.

En el coche de al lado suena el reguetón. Una madre espera que el semáforo se ponga en verde, mientras sus hijos adolescentes mueven la cabeza en el asiento trasero al son de palabras como “chingar”, “perreo”, “despechá” o “mojaíta”. Los cantantes y sus letras. Esos otros referentes actuales. Y, mientras arranco el coche pienso que, quizás, tuve la suerte de no comprender las letras de las canciones inglesas que sonaban y bailábamos en los ochenta. Y me pregunto si no será todo un tema de edad. Podría ser.

Hay referentes buenos. Rafa Nadal, por ejemplo. Aunque admito que me habría gustado que mostrara a sus infinitos seguidores jóvenes y en edad de procrear que una paternidad presente y dedicada es posible y mucho mejor que una a través de videollamada. Las palabras y los gestos de alguien como él tienen el poder de cambiar hábitos y mejorar el mundo. Esos son los verdaderamente buenos.

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