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Matías Vallés

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Matías Vallés

Con el Strassera real de ‘Argentina, 1985’

¿Cuándo fue la última vez que vio aplaudir en un cine? La ovación espontánea surge hoy tras cada sesión de Argentina, 1985, aunque narra una victoria judicial a medias sobre la dictadura militar. El fiscal Julio César Strassera, con el mismo cigarrillo del proceso en los labios, me explicaba en directo las muestras de júbilo que se producirían años después en las proyecciones de una película inesperada. “Más importante que la condena o absolución de los presuntos culpables, fue el esclarecimiento de los hechos. Permitió ver las cosas con frialdad y evitó venganzas personales”. La verdad pacificadora.

¿Quién es el destinatario real de los aplausos? Cuesta decidir si la aclamación apunta a Strassera o a Ricardo Darín, uno de esos actores infalibles que aquí aparece aureolado de nuevo por la atmósfera judicial de El secreto de sus ojos, una de las cien mejores películas de todos los tiempos. Más calmado que calmoso, al fiscal real no le preocupaba ceder el protagonismo. “El cadáver de un chico llamado Floreal Avellaneda apareció en un río maniatado y empalado, el día en que cumplió quince años. La madre, secuestrada junto a su hijo, declaró en el juicio. Puede imaginarse la tensión”.

No sorprende tanto el número de espectadores de Argentina, 1985 como el impacto causado por la película, más difícil de cotizar en euros. Pronto se desvanece el riesgo de que la narración se limitara a describir cómo sería Darín de haberse dedicado a la administración de justicia, con el mérito contradictorio de alcanzar la perfección que borra al personaje. Por fortuna, ni la absorbente interpretación eclipsa al Strassera de carne y hueso, tan parco a cantarse las glorias. “Hice en un momento dado lo que debía, pero no me considero importante”.

Nadie conoce a Strassera impunemente, dejaba huella. La profunda convicción aderezada con “un elemento de distancia”, la identificación absoluta con su profesión desde criterios que rechinarían los dientes de los puristas, al postular que “el juez ha de tener ideas y convicciones políticas, porque es un ciudadano como cualquier otro”. Argentina, 1985 dedica la misma atención a la circunstancia familiar del fiscal que a los generales procesados, y le llovieron críticas por su parquedad en la presencia dramática del generalato. Sin saber de la película, el personaje real anticipó su sinopsis en cuatro trazos. “El miedo personal nunca lo experimenté, porque sobreviene ante las amenazas y yo no las he padecido. Sí lo tuve por mi familia, y en Argentina hubo tanto temor que tenía que persuadir a testigos para que declararan. Es un sentimiento normal, pero hay que superarlo”.

Strassera detestaba la excepcionalidad de los tribunales, de los juicios, de su propio heroísmo personalizado. “No fue valentía, pero hay que ignorar los riesgos. Acá le hicieron volar a Carrero Blanco, con todo su mecanismo de seguridad. Se necesita un cierto fatalismo, porque si existe el propósito de eliminar a alguien, difícilmente se sale”. No se expresaba desde la satisfacción autocomplaciente de las condenas cumplidas, sino desde la vergüenza por el deslizamiento de su país hacia la indignidad. “La Marina es conservadora, y bajo Massera rompió su vieja tradición marinera de caballerosidad y decencia, para convertirse en una banda de asesinos”. En efecto, es imposible pronunciar este alegato sin sombra de odio, salvo que seas Strassera y solo hubo uno en el lote.

En las contadas escenas sin el monopolio de Darín, los espectadores de Argentina, 1985 reparan en el atractivo estilo Gregory Peck de su adjunto Luis Moreno Ocampo. Conviene recordar a los despistados que el número dos de la acusación, de rancio abolengo, llegó a fiscal jefe de la Corte Penal Internacional de La Haya. La interacción social fascinaba a Strassera, un personaje carismático de puertas abiertas. Su postura frente a los periodistas es tan controvertida, que obliga a reproducir literalmente el intercambio:

–Por fin, un jurista que defiende el papel de la prensa en los juicios.

–Creo en las más absoluta libertad de prensa durante los procesos. Sin concederle un bill de inmunidad, ni siquiera me importuna que la cobertura derive en un juicio paralelo al que se ventila, porque la publicidad de los actos del Gobierno es fundamental, y la Justicia es uno de ellos. Especialmente en mi país, donde los jueces no son independientes.

España ha metabolizado la dependencia judicial, así que Argentina, 1985 solo tenía sentido en un país del hemisferio inverso. La película es otra prueba de las concesiones mayúsculas de la izquierda española durante la transición, pero la despedida de Strassera se refiere en principio a su geografía. “No creo que vuelva a ocurrir de momento”.

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