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José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

De cómo arruinar el Sistema de Salud

“En horas veinticuatro” — que diría Lope de Vega— hemos pasado de presumir de uno de los mejores Sistemas de Salud del mundo a otro que es una pura ruina. Los testimonios de los pacientes y del personal sanitario son estremecedores. Faltan médicos, enfermeras, celadores y personal administrativo y en no pocos casos los aparatos imprescindibles para diagnóstico y curación de enfermedades están al borde de la obsolescencia. (Recientemente el multimillonario español Amancio Ortega quiso donar unos aparatos de última generación a varios hospitales que los demandaban y se encontró con la negativa de los profesionales a aceptar lo que les debió de parecer una oferta caritativa). “Es al Estado a quien corresponde dotar con lo necesario a los servicios públicos esenciales como es la sanidad”, se oyó decir. Totalmente de acuerdo. Pero ¿cuál es la razón por la que un Sistema Nacional de Salud del que políticos de todas las orientaciones decían estar legítimamente orgullosos de su funcionamiento se ha convertido en una ruina de repente?

Durante la pandemia, el colectivo sanitario fue elogiado, como seguramente se merecía, por su sacrificado y heroico comportamiento. Y, entonces, llovieron promesas de dedicar todo el dinero que fuera necesario a un sistema, al que todas las encuestas señalaban como la primera preocupación de los ciudadanos ¿Qué ha ocurrido para que ese objetivo se haya olvidado y estemos de nuevo encenagados en chorradas de menor importancia? Porque de lo que no cabe duda es que los intentos de privatización de la sanidad pública madrileña (la más golosa por número de usuarios e instituciones) se remontan a la presidencia de Esperanza Aguirre con aquella campaña feroz contra el doctor Montes y otros médicos del hospital de Leganés, que llegaron a ser calificados de “asesinos “ por prácticas de sedación que intentaban aliviar de dolores a enfermos terminales. Aquel primer intento no prosperó por la contundente respuesta popular y sindical (“Rebelión de las batas blancas” se la llamó en los medios más reaccionarios) y se esperó a una ocasión más favorable. Fue la etapa de la presidencia de Cristina Cifuentes, aquella señora que habiendo sido sorprendida llevándose sin pagar unas cremas de un supermercado, se negó a dimitir. “No me vais a echar, no. . .”, dijo, señalando con el dedo a un invisible alto cargo del equipo de Casado, que seguramente pretendía arruinarle la carrera política.

Y así llegamos a la tercera presidenta del gobierno autonómico, una morena más rotunda, vistosa y “neumática”, tal que escribiría Aldous Huxley en su profética novela Un mundo feliz. Díaz Ayuso se ha convertido en un fenómeno político con su arrolladora victoria en las últimas elecciones, aunque está por ver si a la próxima cita con las urnas llega con tanto personal a bordo. En cualquier caso, todo se resolvería si el Estado recuperara las competencias en Sanidad. Que coexistan 17 sistemas de salud y 17 calendarios de vacunaciones es un disparate. Como ya lo estamos viendo. Pero dudo mucho que el PSOE lo quiera, so pretexto de su proyecto “federalizante”. El primer paso a la privatización fue el traspaso de los medios materiales y humanos del Insalud a las comunidades autónomas. Yo estuve destinado en el Insalud y sé de lo que hablo.

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