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Carles Francino

Españoles todos

Es lo que hay. No sé si esto suena a rendición, quiero pensar que no, pero vale ya de arrearse cabezazos contra el muro. Por motivos ideológicos, familiares, por despiste, por llevar la contraria, porque molan las pulseritas rojigualdas, porque ser Cayetano está de moda o por lo que sea, pero existe una parte numerosa de españoles de distinta edad y condición —no son cuatro gatos— que jamás van a renegar del franquismo. Ni de su herencia. Abandonemos toda esperanza. Si un líder de la derecha como Alberto Núñez Feijóo, proclamado a los cuatro vientos como paradigma de la moderación y la sensatez, ha sido capaz de sintetizar nuestro pasado más sangriento con la frase: “hace ochenta años nuestros abuelos se pelearon…” entonces es que no hay nada que hacer.

Es verdad que no son un colectivo uniforme y por lo tanto exigen respuestas distintas. Están en primera fila los franquistas sin complejos, una cuadrilla de fachas que se apropiaron hace tiempo de la bandera y convirtieron las palabras España y patria en arma arrojadiza; secundados, ya sea por conveniencia o por estupidez, por algunas personas a las que hasta ahora se consideraba moderadas. Pero luego hay otros muchos a los que simplemente les incomoda el tema, otros que creen de buena fe que remover el pasado es una mala idea, e incluso los que por no dar la razón a quienes piensan diferente no hacen ascos a chincharles con algo tan delicado. Creo que son demasiados como para pensar que un enfrentamiento permanente a cara de perro sea la única alternativa. Yo voy a seguir denunciando la vergüenza de los muertos en las cunetas, cabreándome cada vez que alguien se invente homenajes a Millán Astray, reclamando que en los colegios se estudie lo que ocurrió en este país, defendiendo las leyes que dignifican la memoria y dando voz, siempre que pueda, a quienes sufrieron el azote de la dictadura. Pero asumo que hay compatriotas que no piensan ni sienten igual que yo. Y exceptuando a los cabestros que celebrarían la resurrección de Franco, quiero —y tengo— que convivir con ellos. Y ellos conmigo

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