El artículo que hoy les ofrezco está escrito ayer, día en que Alberto Magno fallecía en el año 1280. Al margen de que llegase a ser obispo y de que su nombre figure en el santoral católico, precisamente en el 15 de noviembre como conmemoración del día de su óbito, es también relevante en el mundo de la ciencia. De hecho, es el patrono de los estudiantes y titulados en ciencias físicas, naturales y exactas. Se interesó por múltiples disciplinas, hoy más segmentadas, pero que en su tiempo formaban un todo en el que personas como él, ilustradas e inquietas, hicieron contribuciones destacables. Interpretó y comentó a Aristóteles, pasándole tal sabiduría a su muy destacado alumno Tomás de Aquino, se interesó por la mineralogía, la botánica, la zoología o la embriología, se le atribuye la caracterización de elementos químicos como el arsénico... y mucho más. Es por eso que a Alberto Magno se le conoce también como “Doctor Universalis”. No me extraña, porque hubo pocos campos que no le interesasen.

Me viene bien, queridos y queridas, comenzar este artículo hablando de Alberto Magno, que ya ha protagonizado alguna vez esta columna. Y es que hoy quiero compartir con ustedes algunas disquisiciones, que tampoco les parecerán inéditas en este foro, sobre el estado del conocimiento. Lo hago después de pasar una mañana en la que tuve ocasión de intercambiar con otras personas del mundo educativo algunas ideas sobre ello. Y de llegar a resultados, en tal análisis, que no dejan de ser inquietantes para mí. Les cuento.

Les diré que me parece que el conocimiento per se no está de moda. Claro que se busca un conocimiento aplicado, de forma que nos catapulte hacia posiciones laborales mejores, o que a las empresas les permita resolver sus problemas. Pero no me refiero a esa forma de saber, sino al que es capaz de mover efectivamente a la sociedad y de provocar una mejora colectiva. Del conocimiento asociado al progreso individual y colectivo, y al que se basa en la armonía de entender cómo es el Universo en el que vivimos imbricados. También al conocimiento que dimana del arte, o al que da sentido al mismo. Y al saber que implica sensibilidad y compromiso. Al saber que nos hace vernos como parte viva de un todo, complejo y profundamente intrincado.

Todo ello no está de moda en este mundo líquido —Bauman dixit—. Se busca la inmediatez. Un barniz que sirva como carta de presentación o que nos permita superar un listón en un momento dado, pero poco fundamentado y mucho menos cimentado en algo más sólido. Los currículos se adelgazan más y más, y se pasa de curso incluso “por imperativo legal”, haciendo poco favor a la verdadera cultura del esfuerzo. Los chicos y chicas, en general, no quieren saber por saber, sino por llegar a buen puerto. Pero ellos no tienen la culpa, ya que solamente son reflejo de una sociedad con pocos referentes y motivaciones francamente débiles. Hoy, cuando parece que todo lo sabemos ya —ja, ja, ja...— hay quien simplemente no quiere saber nada.

Una alumna explicaba hace un par de días que no le interesa la Historia, porque la misma implica mirar al pasado. No es verdad, porque nosotros somos también parte del mismo, y una buena mirada al pasado y un buen diagnóstico del presente son factor clave de éxito para navegar mejor en un incierto futuro. Pero el germen del desafecto a lo acontecido está demasiado extendido ya en nuestra sociedad de hoy, y es difícil que muchos entiendan que sus mismas dudas, problemas y cuestionamientos ya fueron abordados por otros hace mucho tiempo. No quiere decir eso que tengan que adoptar las mismas soluciones que Aristóteles, Alberto Magno o Tomás de Aquino. Pero sí que no harán un análisis completo de lo que les preocupa si no consideran también las visiones de estos autores o de muchos otros. No hemos empezado a vivir hace dos días, ni veinte ni doscientos. Ni tres años, ni treinta ni trescientos. Y todo lo acontecido desde el principio conforma nuestro propio presente, y también está ligado al futuro que venga, si me permiten la licencia de denominar así a la serie de tiempos presentes que se concatenen desde nuestros días...

El conocimiento es hoy más pobre y segmentado, y empieza a existir una mayor y más profunda brecha entre quien progresa en él y quien ni siquiera constata la evidencia de que le falta. Es el primer paso para algo mucho peor: para el advenimiento de una nueva sociedad basada en mitos, rumores y puro espectáculo... Y mucho más estúpida e imbécil, en el sentido literal y etimológico de tan duras palabras.