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José Manuel Ponte

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Lo que falta por saber del ‘Prestige’

Un periodista gallego, Fernando González, Gonzo, ha editado para un canal de televisión dos reportajes sobre el naufragio del Prestige, un viejo carguero que se hundió al no concederle las autoridades españolas permiso para refugiarse en alguna de las rías o puertos de la accidentada Costa da Morte. La nefasta gestión de esa crisis, que duró 60 días, es un manual de despropósitos, y puso de manifiesto la incompetencia y frivolidad de unos políticos más preocupados de su imagen y de cómo librarse del problema echándole la culpa a otros. El capitán del barco, un veterano marino mercante griego, hizo de forma impecable (al menos así lo expresan sus compañeros de oficio) todas las maniobras que aconsejaba la experiencia. Estabilizó el barco, que transportaba miles de toneladas de un combustible apestoso; autorizó el desembarco de una tripulación compuesta por marineros asiáticos; y aguardó en compañía del primer oficial y del jefe de máquinas instrucciones de su armador.

Mientras, en tierra, el disparate tomaba altura. El presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga, y el ministro de Fomento, Álvarez Cascos, estaban en una cacería, y el delegado del Gobierno, el inefable Fernández de Mesa, iniciaba su ronda de sorprendentes declaraciones (el material transportado se hundiría y luego se congelaría ¿?). La aparición estelar del atildado político ferrolano obligó a recomponer la portavocía de la crisis. Aunque sin tomar ninguna medida sensata, que es lo que se demandaba. Para complicar más las cosas, se parachutó (encuentro el verbo más apropiado) a un funcionario al objeto de que sustituyera a Mangouras en el mando del barco y se ordenó también de forma no menos irregular que se detuviese al marino griego. La posibilidad de meter el Prestige en un puerto cercano, como se había hecho con otro buque de parecidas características en el pasado reciente, ni siquiera fue considerada. Y en vez de la discreción se optó por la escandalera. Fue entonces que se atribuyó al siempre impetuoso Álvarez Cascos la famosa orden de “mandar ese barco al quinto pino”, lo más lejos que se pudiera de la costa. Pero esa iniciativa tampoco prosperó. Enterado el Gobierno francés (que había desplazado a Galicia a un almirante para seguir de cerca los acontecimientos) de una maniobra que podía arruinar sus famosos parques de ostras, obligaron a cambiar otra vez el rumbo del barco. El nuevo destino de la empresa holandesa que se hizo cargo del Prestige era África, pero el Gobierno de Lisboa prohibió el cambio de rumbo que suponía un peligro para su litoral. Y hasta mandó una cañonera por si fuera preciso emplear la fuerza.

Atrapado entre una y otra prohibición, el Prestige tuvo la suerte de partirse en dos y hundirse. Eso es lo que se sabe, aunque seguro que hay más versiones. Y desde luego muchas declaraciones sorprendentes. Como la de Rajoy, cuando quiso describir la pestilente carga del barco como unos “hilillos de plastilina en estiramiento vertical”. O la del entonces alcalde de A Coruña /La Coruña, Francisco (Paco) Vázquez, que al grito de “Aquí se necesita un Giuliani” propuso encabezar una flotilla de pesqueros para impedir que el Prestige intentase entrar en el puerto coruñés en busca de refugio. Para los que no lo sepan, Giuliani fue un alcalde de Nueva York con fama de reaccionario, de abusador sexual y de actividades mafiosas. Vázquez lo contaba entre los modelos a imitar.

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