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Emma Riverola

No hay suficiente cerveza

¿Qué haremos cuando las fronteras se desborden definitivamente ante una multitud sin ninguna posibilidad de vivir en su lugar de origen? ¿Cuánto pagaremos a regímenes dictatoriales y corruptos para que los contengan? ¿Quién regirá nuestros países para salvarnos de esos bárbaros? ¿Cómo viviremos cuando renunciemos a los derechos en pro de una falsa seguridad?

Un futuro inhabitable nos acecha a la vuelta de la esquina. Un futuro que ya es presente para millones de personas. Llega la desolación y aún nos cuesta mirarla de frente. ¿Qué castigo merecerá Ayuso por su barbaridad al negar las evidencias científicas del cambio climático? ¿Un puñado de memes y una mayoría absoluta? ¿A cuánto va el kilo de renuncia democrática? ¿Tres cañas y una tapa?

La Cumbre del Clima, COP27, se celebra en la ciudad-balneario de Sharm el Sheij (Egipto) y los 40.000 asistentes han llegado volando en aviones comerciales, de Estado y jets privados. Es solo una anécdota. Pero es la categoría. Un poder político que regatea la responsabilidad porque una ciudadanía se lo permite, porque a su vez el poder político no hace ningún esfuerzo por concienciarla. El círculo vicioso de la desolación.

Lo hemos vivido este año. Ola de calor: incendios virulentos: destrucción del paisaje: pérdidas incalculables: efectos en la salud: tristeza… Si viviéramos al sur de nuestra frontera, estaríamos sufriendo hambrunas, enfermedades, guerras por el control del agua y migraciones forzadas. ¡Ponme otra caña, Ayuso!

“Estamos en una autopista hacia el infierno”, ha afirmado António Guterres, secretario general de la ONU, en la cumbre. Los científicos también han endurecido su lenguaje. Los jóvenes —herederos del desastre— hacen lo que pueden para ser escuchados. Mientras, las emisiones de CO2 han aumentado, subvencionamos las energías fósiles y sus empresas han aumentado los beneficios. “Ocurrencia de última hora”, así calificó Ayuso la propuesta de la UE para gravar los beneficios extraordinarios que las eléctricas están consiguiendo gracias a la guerra de Ucrania. No hay cerveza suficiente para diluir tanta majadería.

Pero aún hay un futuro posible. Aún. Pero solo es posible si cambiamos radicalmente las prioridades políticas y ampliamos la mirada a los intereses globales. También podemos elegir lo contrario. Apostar por quienes se burlan de todo ello, sufrir las consecuencias de la parálisis y entregar nuestra libertad y nuestra salud a los que nos han mentido. Por cierto, la producción de cebada también está amenazada por el cambio climático.

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