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José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Dar de comer a millones

El año en que yo nací (1942) habitaban el mundo entre 1.400 y 2.000 millones de personas (no estaban tan afinadas como ahora las técnicas estadísticas). Pues bien, a mes y medio de finalizar el año 2022, según la forma de medir el paso del tiempo de los cristianos, la población humana alcanza los 8.000 millones. La contundencia de las cifras explica mejor que cualquier otro razonamiento la gravedad de la situación. En el curso de una vida (la mía con 80 años cumplidos el 7 de junio pasado) el número de cosmonautas que viaja a velocidad de vértigo (para nosotros) en esta enorme pelota (también para nosotros) ha sumado otros 6 millones de pasajeros en un breve plazo de tiempo.

Según los neomalthusianos, esa progresión de la veracidad representa un peligro para la supervivencia de la especie, y pese a que no se han cumplido todas las previsiones del sabio británico, muchas de ellas apocalípticas, nadie duda de la racionalidad de sus planteamientos. Bien es cierto que hubo factores de corrección (dos Guerras Mundiales, multitud de conflictos regionales armados, genocidios, hambrunas, pandemias, limitación de la natalidad etc., etc.) con los que no se contaba. Como la llamada “Revolución verde”, que aceleró la producción de alimentos. Pero no todo es mover millones ni distribuir rápidamente tonedadas de comida mediante una extensa red de transporte. También debe de tenerse en cuenta el factor de sostenibilidad y el resto de condiciones necesarias para alcanzar —y mantener— el equilibrio ecológico.

Últimamente hemos podido comprobar en la guerra de Ucrania cómo la comida se ha utilizado como arma de guerra, aunque eso no sea una novedad. No pocos castillos y plazas fuertes fueron rendidos después de un largo asedio. Constantinopla, que había resistido 26 intentos de conquistas, fue tomada por los turcos otomanos y, como suele decirse, cambió el rumbo de la Historia. En una obra de Lord Byron se recoge el interés de unas mujeres ya maduras por saber el destino que aguarda a los sitiados. “¿Cuándo empiezan las violaciones?”, le preguntan a un solado que parecía más interesado en el saqueo. En España fueron utilizados políticamente algunos asedios como el del Alcázar de Toledo, durante la Guerra Civil.

Pero volvamos al asunto que nos ocupa. La sobrepoblación es un problema difícil de administrar y ha propiciado fenómenos que ya parece imposible corregir. Como la extensión de las zonas urbanas. Madrid es un ejemplo, mal ejemplo, de crecimiento desorbitado. En el diseño del mapa autonómico constitucional bien podría haber gozado de la singular condición de “capital del Estado”. Con un estatuto que garantizase un armónico desarrollo de las instituciones públicas y de aquellas privadas que las complementasen. Es decir, un Madrid de amplias avenidas, zonas verdes, aire puro de la sierra, poco ruido y construcciones que armonizasen con el entorno. Un lugar ideal para que los padres de la patria, los intelectuales y los artistas reflexionasen serenamente sobre el rumbo que debe tomar la patria. En vez de eso, tenemos una megalópolis ruidosa, contaminada, frenética y especulativa, que para más tormento se ha convertido en una comunidad autónoma que le planta cara al Estado.

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