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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Un Mundial de pega

Aficionados de pega recibieron el otro día a las selecciones que han tenido el mal gusto de acudir al recién comenzado campeonato mundial de fútbol en Qatar. Escasos de público y de costumbres civilizadas, pero no de dinero, los emires contrataron para la ocasión a unos cuantos figurantes que se fingían ingleses, brasileños, españoles, alemanes y lo que hiciera falta.

Con su aspecto delatoramente árabe, los hinchas comisionados por el emirato no dejaban de darle una nota de color al Mundial que va a blanquear los desmanes de la autocracia vigente en Qatar. No es la primera vez que lo hacen.

No muchos años atrás, las autoridades cataríes habían alquilado ya los servicios de sesenta aficionados españoles para que apoyasen a la selección de su país en el campeonato mundial de balonmano que se celebró allí en 2015. A cambio del viaje a gastos pagados, los peñistas se dejaron la garganta en el empeño de que triunfase el equipo anfitrión del torneo. Ganó Francia, pero Qatar fue subcampeona; así que tal vez no lo hiciesen del todo mal.

Ahora los emires han subido la apuesta al conseguir, a golpe de chequera, la organización de toda una copa mundial de fútbol. Esas son palabras mayores, dado el atractivo casi universal del balompié. Con la complicidad activa de treinta y tantas federaciones, el balón ha echado a rodar. Todo sea por la pasta.

Poco importa que el país donde se perpetra este campeonato sea un lugar en el que las señoras forman parte del sector ganadero; o que los gais afronten allí penas de cárcel si se atreven a salir del armario. No hablemos ya de la explotación levemente esclavista de la mano de obra que hizo posible la construcción de los ocho estadios en los que se disputa esta competición postiza.

Forzados a trabajar bajo temperaturas de hasta 50 grados y bajo condiciones de mínima seguridad laboral, se calcula que hasta 6.500 inmigrantes perecieron durante la edificación de esos campos. Son datos de The Guardian recogidos por Amnistía Internacional.

Los recintos, dotados de refrigeración y toda suerte de avances tecnológicos, suman un total de 385.000 espectadores de aforo, lo que no es poca cantidad para un país de menos de tres millones de habitantes, foráneos en su mayoría. Tampoco es que la afición al fútbol resulte allí tan extraordinaria. Algunos de esos coliseos serán desmontados tras el Mundial, que a fin de cuentas era el pretexto para construirlos.

Queda claro que el poderoso caballero Don Dinero del que hablaba Quevedo en una famosa letrilla no solo vale para recoser virgos y engrasar la pluma del escribano. Puede obrar igualmente el milagro de que un campeonato mundial de fútbol se celebre en pleno invierno, interrumpiendo las competiciones nacionales y lo que sea menester.

También el dinero hace que casi todo el mundo mire hacia otro lado (a la pantalla de la tele, en concreto), pese al historial de atentados contra los derechos humanos y el mero sentido común que aqueja al país organizador.

Este va a ser, en fin, el Mundial de los aficionados postizos y los estadios de quita y pon. Podría esperarse que la selección campeona aproveche el acto de entrega del trofeo para protestar por las cosas que suceden en Qatar, pero quia. Prodigios de ese tipo raramente surgen de una farsa.

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