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la columna

Los nenúfares de Claude Monet como emblema

El martes a mediodía se presentó en Barcelona, en el pabellón Mies van der Rohe, una intervención artística, a cargo de arquitectos polacos y biólogos catalanes, consistente en repoblar con nenúfares blancos el estanque anejo. De hecho, los diseñadores del edificio, Ludwig Mies van der Rohe y la (a veces) injustamente olvidada Lilly Reich, proyectaron el edificio estandarte de Alemania para la Exposición Universal de 1929 con un lago artificial rectangular, un espejo rebosante de plantas acuáticas, como atestiguan las fotografías de la época, con sus canotiers y sombrillas. En el proceso, la instalación ha recuperado uno de los últimos nenúfares silvestres de Cataluña, procedente del delta del Ebro, así como insectos autóctonos, según la tendencia del paisajismo urbano: la creación de pequeños microclimas.

A punto de concluir la cumbre del clima de Sharm el-Sheij con más pena que gloria, la recuperación vegetal del estanque de Montjuïc se antoja, en efecto, una gota ínfima en el océano de la catástrofe ecológica, pero, de alguna manera, infunde esperanza este regreso a lo pequeño. A lo mejor es lo que nos queda ahora, cuando el mundo parece aguantarse con alfileres, como los palos sostienen a duras penas el sombrajo, y caen pepinos de no se sabe dónde: cultivar el pequeño jardín, real o metafórico, y cuidar las relaciones próximas. Los nenúfares, además, constituyen un símbolo peculiar: las flores se abren confiadas al agua estancada y son capaces de subsistir en el cieno más ponzoñoso. La vida se empecina en seguir siendo vida incluso en los peores lugares.

Resulta imposible hablar de nenúfares sin pensar en Claude Monet (1840–1926), el más impresionista de los impresionistas, quien empezó a cultivarlos en un estanque de su casa de Giverny, en la Normandía, siendo ya septuagenario (el lunes, por cierto, habría cumplido 182 años). No pintó otra cosa hasta sus últimos días. Una y otra vez, obsesionado por los cambios de forma y color. Azul radiante, rosa, púrpura, lila, blanco… Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Monet deslizaba el pincel sobre la tela escuchando el fragor de los obuses. “Si estos bárbaros han de matarme, que lo hagan en mitad de mis lienzos, delante del trabajo de toda mi vida”. En verdad, los ocho cuadros enormes que se custodian en el Museo de la Orangerie, en París, semejan el campo de batalla, sin marco ni horizonte alguno, sin tiempo ni espacio, solo agua y aire, y los nenúfares abiertos como soldados en el esplendor de la juventud, desangrándose en el barro de las trincheras. Monet sufría mientras pintaba; no era el artista ajeno en su torre de marfil, sino que se dolía por ser demasiado viejo para el combate. Pero, aun así, siguió trabajando, a pesar de las cataratas. Buscaba la belleza. Cultivaba su pequeño jardín.

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