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Gemma Altell

Corresponsables ante la violencia machista

Las políticas públicas —especialmente, los gobiernos más progresistas— llevan décadas desplegando servicios de atención y recuperación dirigidos a las mujeres y a sus hijos e hijas. Ampliamos redes y espacios, pero parece que nunca es suficiente para cubrir las necesidades en este ámbito, que parece crecer sin fin por ahora. ¿Deberíamos preguntarnos si habría que, además, hacer algo distinto? Quizás, entre otras cosas, corresponsabilizarnos como comunidad de lo que pasa a nuestro alrededor.

La comunidad es un intangible que, desgraciadamente, en una sociedad neoliberal —por consiguiente, individualista— como la nuestra no suele entrar en los análisis sobre cómo abordar los problemas sociales y cómo interpelarnos como ciudadanía. Como mucho hablamos de sensibilización. Si bien los gobiernos tienen la obligación, responsabilidad y función de garantizar los derechos humanos y, en concreto, trabajar para proteger y atender a las personas víctimas de violencia machista, no pueden hacerlo unilateralmente por diversas razones.

Si bien es imprescindible contar con personas profesionales especializadas, tanto del ámbito de la administración pública como de las entidades sociales especializadas y del movimiento feminista, el abordaje debe ir mucho más allá. Actualmente, la estructura de la atención forma parte del sistema directa o indirectamente y responde a aquellas demandas de atención que han podido ser vehiculadas por el sistema mismo. Casi siempre porque han podido, de alguna manera, poner nombre a la violencia vivida. Sin embargo, demasiado a menudo, las personas no pueden ponerle palabras a la violencia machista por diferentes motivos; sobre todo, por estar en los márgenes del sistema, debido a una situación de gran vulnerabilidad social, donde la violencia ocupa el lugar de una problemática más entre muchas otras o, en el otro extremo, algunas por no sentirse interpeladas por el sistema público por moverse siempre en el ámbito privado. En cualquier caso, los circuitos actuales suelen activarse cuando ya se puede nombrar de forma concluyente la situación, priorizarla en una situación vital compleja y reconocer los servicios públicos o entidades especializadas como interlocutores válidos donde van a poder establecer un vínculo de ayuda. Desgraciadamente, demasiadas condiciones de partida.

¿Y si giramos un poco el foco? ¿Estamos, ciudadanas y ciudadanos, tomando como un problema social colectivo esta cuestión? ¿O seguimos entendiendo que se refiere a una cuestión privada y/o institucional? Los movimientos feministas han contribuido enormemente a la visibilización y interpelación social sobre la violencia machista, aun así cabría construir corresponsabilidad en lo cotidiano, en nuestro vecindario, nuestros trabajos, nuestras redes sociales, nuestro entorno en definitiva… interpelarnos sobre qué papel de ayuda, acompañamiento, sororidad podemos ofrecer cada una, cada uno desde nuestro lugar. Es así también como contribuimos a transformar las estructuras. Cuando ponemos toda la responsabilidad del abordaje de la violencia machista en las políticas públicas adoptamos una posición pasiva ante la erradicación de la violencia. No somos conscientes que desde esta posición legitimamos su ocurrencia, formamos parte del escenario en el que se desarrolla como espectadores que no sancionan.

¿Y las políticas públicas? El reto es inabarcable desde el marco del sistema público de atención, tal como lo definimos hoy en día. Conocer y participar de espacios informales de la ciudadanía —no solo ciudadanía organizada—, crear metodologías que permitan acompañar violencias machistas en estadios iniciales o en momentos de riesgo, pero sin esperar a que las personas que las sufren directamente tengan que llamar a nuestra puerta. Buscar mecanismos para que la red social (que no las redes sociales) pueda dar apoyo y, a su vez, la administración pública pueda ofrecer ayudas, salidas, etcétera. Las situaciones vitales son altamente complejas. En cada mujer y otras personas que sufren violencia pueden combinarse —a menudo— distintas situaciones vitales, que hacen difícil decidir mirar de frente a la violencia. Acompañemos desde donde están y al ritmo que necesiten. Instituciones y comunidad. De forma corresponsable.

*Gemma Altell es psicóloga social y fundadora de G360

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