Admiro sanamente a los literatos que escriben pensamientos tan brillantes que a uno le gustaría que procedieran de su propio intelecto. Recuerdo dos frases de António Gala que me parecen realmente deslumbrantes y que, más o menos, dicen así: escribir es pasarse un folio en blanco por el alma y el amor es como el aire, no se mide, se respira. Es verdad que hay temas que son más propicios que otros para alumbrar ideas descollantes. Además del manido tema del amor, hay otros muchos que dan mucho juego, como por ejemplo la juventud, que dio lugar al hermoso poema de Rubén Darío en Canción de otoño en primavera: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro y a veces lloro sin querer…”.

Pero hay otras cuestiones, en cambio, de las que cuesta más arrancarse con un pensamiento que desate el aplauso del lector, como, por ejemplo, la muerte o, casi peor aún, la vejez. Y, sin embargo, hay autores, sobre todo cuando llegan a cierta edad, que sitúan la vejez y la muerte entre sus principales obsesiones. Por eso, cada vez que cae en sus manos algo sobre dichos temas lo devoran con fruición.

Esto es lo que me sucedió el pasado martes con la Tercera de Abc escrita por Andrés Amorós, titulada Un viejo, a secas, en la que el profesor Amorós refiere que a su amigo Aurelio, un catedrático jubilado de instituto, al preguntarle por qué es lo que más le preocupaba, respondió con gran lucidez: “La salud, la enfermedad, la muerte. También, la pensión, la subida de los precios. Y algo que no es fácil decir, me siento viejo porque no entiendo muchos disparates actuales: la memoria histórica; la ley Trans; eso que ahora llaman feminismo; atentar contra las obras de arte; tener que usar siempre el masculino y el femenino, o el neutro, no respetar los símbolos de tu patria; aceptar que un político mienta siempre y no lo pague, rendirse ante la mala educación… Hace poco escuché una canción ranchera de mi juventud, Un mundo raro. ¡Qué razón tiene! No es éste el mundo que yo esperaba. Será que me he hecho viejo. Eso soy: un viejo, a secas”.

Personalmente, no me considero viejo. No estoy atrapado aún “por los signos inequívocos del óxido final”, en palabras brillantes de García Márquez. Y tampoco he llegado a la edad en la que Juvenal Urbino, el inolvidable personaje de El amor en los tiempos del cólera percibía con lucidez “que estaba prendido a este mundo por unas hilachas tenues que podían romperse sin dolor con un simple cambio de posición durante el sueño…”. Pero sería poco sensato si no reconociera que he entrado en el atardecer de la vida y que percibo, aunque todavía en la lejanía, la luz mortecina del crepúsculo final.

No tengo ninguna duda de que habrá lectores que piensen que han asumido su senectud con la misma actitud que las etapas anteriores de su vida. Pero creo también que habrá otros, tal vez más, que la han recibido con rebeldía, con un elevado grado de inconformismo.

Es a la rebeldía, por encima de todo, a la que hay que achacar las desfavorables valoraciones sobre la vejez que realiza García Márquez, por ejemplo, en su ya citada magistral novela El amor en los tiempos del cólera. Entre las frases que el nobel colombiano dedica a esta etapa de la vida, me permito recordar las siguientes: “Hay fisuras en la memoria”; se presentan “los signos inequívocos del óxido final” (a la que ya me he referido); “la vejez era un estado indecente que debía impedirse a tiempo”; “a esa edad ya está uno medio podrido en vida”; “tentaleando solo entre las tinieblas de la vejez”; “aprendían a no sentir los achaques a fuerza de convivir con ellos en el basurero de la vejez”; “para él fue el rincón más abrigado en la ensenada de la vejez”; “no se pusiera cerca de su aliento porque la vejez era contagiosa”; o, finalmente, “el tiempo de la vejez no era un torrente horizontal, sino una cisterna desfondada por donde se desaguaba la memoria”.

Junto a este inconformismo radical ante lo inevitable, hay quienes se consuelan ensalzando idealmente el pasado. En las conocidas Coplas por la muerte de su padre Jorge Manrique escribe: “Cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y lo mismo sostiene Gracián cuando dice: “En la boca del viejo todo lo bueno fue y todo lo malo es”. Ambas no son sino apreciaciones excesivamente favorables del pasado realizadas por quienes o temen el futuro; o añoran del pasado seguramente la edad que tenían entonces; o se van preparando mentalmente para aceptar de buen grado la llegada inevitable de la muerte.

Finalmente, hay algún autor que evalúa la longevidad de manera más objetiva, como el admirable Stefan Zweig, quien en su pieza Cicerón, de su obra Momentos estelares de la Humanidad. Catorce miniaturas históricas escribe: “Alguien realmente sabio debe aprender que la verdadera dignidad de la vejez y de la vida es la resignación”.

A mi modo de ver, cuando uno llega a la edad longeva, no tiene que rebelarse contra la vejez, ni consolarse pensando que lo pasado fue mejor. Pero tampoco me parece que debamos limitarnos a aceptar pacientemente lo que nos deparen los años que nos queden. Propongo, por el contrario, una resignación activa, esto es: disfrutar decididamente de todo lo bueno que nos vaya ofreciendo la vida hasta que nos llegue el final. Pero no, como dicen algunos, por sentirse joven (que para mí es una frase hueca), sino por conservar un espíritu abierto: hay que estar a favor del espectáculo de la existencia mientras dure y estemos en condiciones de poderla disfrutar intensamente cada uno de los días del tiempo que nos reste.