Nada, amigos y amigas. No queda nada para que volvamos a poner a cero el contador de los meses que constituyen cada anualidad. Antes de que nos demos cuenta, y ya saben que es cierto, 2022 habrá expirado, y confiaremos todos nuestros anhelos a 2023. Y este llegará, con sus éxitos y sus vicisitudes, incorporando más experiencia al conjunto de nuestras vidas, dando la bienvenida a nuevos conciudadanos y conciudadanas y, también, cerrando el periplo vital de otros y otras. ¡Es la vida, queridos todos, en su más pura expresión! O, si lo prefieren, ¡es lo que hay!

El caso es que, en este devenir, el foco de la atención se va deslizando entre unos y otros temas, conformando la actualidad en cada momento. Hay épocas en las que en ese imaginario colectivo es importante hablar de lo económico, por ejemplo, y otras en lo que esa parte va rodando sin demasiados altibajos, y entonces el acento se pone en determinados aspectos sociales, o quizá en novedades en lo político. Tal caleidoscopio de temas se va desgranando a diferentes niveles, también con un acusado sesgo territorial. No es lo mismo en La Mancha, por ejemplo, donde quizá están muy preocupados por las macrogranjas y su impacto, que en Galicia, donde a lo mejor los nuevos desarrollos eólicos o la despoblación del rural son temas de los que se habla más. Y, así, de forma absolutamente dinámica, en función de qué ocurra y cómo se vaya tejiendo la actualidad.

Luego están aquellos temas que entran en la agenda de forma programada y organizada, a menudo sostenida por una gran inversión inicial, y que responden al interés de determinados grupos por generar expectación por los mismos. Un ejemplo de ello es lo que acontece cuando entra en escena, pongamos por caso, una nueva tecnología. En contársela al gran público para que pueda ser consciente de sus ventajas se hace un gran esfuerzo, y a menudo son muy variados los canales y métodos usados para incidir en ello. Y no todo es publicidad, no crean. Hay muchas más formas, algunas de ellas muy indirectas, de poner un tema sobre la mesa, a alguien o a algo en el foco, o de generar expectación alrededor de algún producto, servicio o personaje.

El caso del “Blas Fraile” es paradigmático. No me pidan que llame a ese “Viernes Negro” por su nombre en inglés, porque me parece un advenimiento fuera de lugar. Y, si insisten, seguiré como el clásico, escribiendo el resto de la columna en el idioma de Shakespeare... Y es que no toca. No toca porque existe riqueza léxica suficiente y adecuada en nuestros idiomas para llamar a las cosas por su nombre y, además, porque tal día importado, metido con calzador y hasta la extenuación en nuestra sociedad no tiene mayor sentido, existiendo ya fechas previas en las que está institucionalizado el regalo, y períodos de rebajas también muy asentados.

Pero es que, además, no tiene sentido —al menos, para mí—, que lo que hoy cuesta diez mañana te lo pueden vender por seis. Lo siento, en ello soy muy apegado a lo clásico, y entiendo que las estrategias de fijación de precios no pueden ser tan volátiles. Si hoy algo tiene un valor determinado, ¿cómo van a vendérmelo por mucho menos en una jornada concreta? Una de dos, o antes me timaban o... ahora tiran la casa por la ventana, lo cual ya les aseguro que no acontece. No puede ser. Y si alguno o alguna tiene la tentación aquí de contarme que sí, le digo que no. No debería ser así. Y no se molesten en apostillar con lo que se esgrime desde los sectores que tratan de potenciar esta visión especulativa: de todo ello aprendí en potentes programas de postgrado y máster en excelentes escuelas de negocios, pero sigue chirriándome.

Hasta aquí... aún bueno. El que quiera, que compre en ese “Blas Fraile” y el que no, como yo, que pase página. Pero... hay más. Mucho más. Porque en esa continua consolidación de tal engendro se ha dado este año un paso más, otra vuelta de tuerca... Y es que... ¿querrán creer que, por primera vez, he visto escrita y he podido oír en la radio la cantinela “Feliz “Blas Fraile””? Y por ahí sí que no, oigan... Una cosa es inducir a la compra por la compra, para gloria de las más mastodónticas multinacionales que cada vez aglutinan mayor valor —terrible— y otra, mucho más allá, aspirar a generar sentimientos a partir de ello... ¿Feliz “Blas Fraile”? Pero usted, ¿de qué va? Feliz puede ser mi cumpleaños, mi aniversario de boda, la Navidad —por tradicional en nuestra sociedad— o el Año Nuevo... Pero feliz en el “Blas Fraile”, ¿por qué? Es como si la tienda del pueblo bajase las manzanas 20 céntimos y me felicitase por ello...

Para más inri, además, cada vez más estudios —la OCU ha sido en ello contundente— confirman que en España el supuesto “Blas Fraile” es, sobre todo, tongo. La mayoría de las grandes empresas inflan los precios previamente, de manera que a veces en esa negra jornada especulativa ¡se compra incluso más caro!... Y, mientras, el pequeño comercio —el poco que queda a día de hoy— intenta sobrevivir como puede, obligado a entrar en esa terrible espiral que solamente beneficia a sus promotores... ¡Vivir para ver! Pero... ¿podemos hacer algo? Pues desde luego. Porque conmigo que no cuenten para esa histeria colectiva, como así ha sido desde el principio de todo ello... ¡Vamos, hombre! Faltaría más...