La violencia doméstica y los asesinatos machistas no aflojan. Décadas y décadas de esfuerzos en concienciación y pedagogía para un cambio de roles han traído muchos progresos, pero también resultados frustrantes. Uno en especial alarma: los jóvenes de hoy repiten patrones de sometimiento que creíamos superados en generaciones educadas en valores muy diferentes. Viene a remarcar todo esto que queda mucho por delante y que hay que renovar estrategias para las soluciones, sin centrarse únicamente en lo cultural, buscando ampliar los enfoques. El 25N se celebró nuevamente con el feminismo sacudido por tensiones, la clase política arrojándose los trastos, y la sociedad, dolida por leyes poco cuidadas que acaban menguando penas a violadores. Grietas que no hacen ningún bien a la causa de las mujeres.

Solo tres pactos de Estado han firmado los partidos en los años de vigencia de la democracia: los de la Moncloa para sacar al país de la ruina económica, el antiterrorista y el que comprometió a todas las fuerzas en el combate contra la violencia de género, que hoy, por unas cosas o por otras, parece tocado. Nunca ha sido tranquila la lucha feminista, pero la celebración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres coincidió con momentos de especial agitación en el movimiento.

Las multitudinarias marchas de hace cuatro años lograron convertir la igualdad en el epicentro de una reivindicación transversal e intergeneracional. El intento de instrumentalizar esa fuerza con otros fines más allá de la defensa de las mujeres, para obtener réditos electorales deprisa y corriendo, empaña ahora ese enorme éxito, frivoliza la lucha con posturas extemporáneas, revictimiza a muchas agredidas y divide al propio feminismo.

Admite pocas dudas, a decir de los expertos, que la deficiencia de la ley del sí es sí no reside en su fin, sino en la escasa calidad técnica con que fue redactada, que no previó las consecuencias del reajuste de condenas. A su rebufo se han propalado con tono triunfalista y revanchista auténticas barbaridades. Ni cabe recibir cada enmienda como un ataque fascista, ni cuestionar la norma da derecho al insulto hacia quien la promueve, ni los jueces son unos indeseables machistas. Estas polémicas artificiosas, y otras en torno a la ley trans o a la regulación de la prostitución, desgastan.

El sexismo impregna, a veces sin pretenderlo, otras de forma intencionada, las conductas, sociales y personales. Desde este diario mantenemos nuestro firme e irrenunciable empeño por luchar contra cualquier desigualdad, discriminación y, por supuesto, maltrato. Esta es una batalla que no tiene fecha de caducidad. Los violentos, y quienes los blanquean, siempre nos tendrán enfrente. Pero nuestro compromiso va más allá de adoptar una posición “en contra”. LA OPINIÓN mantiene una apuesta decidida “a favor”. Nosotros aspiramos a contribuir a mejorar las cosas, cambiar o desterrar conciencias, actitudes, estereotipos, formas de ver y de pensar —que en no pocos casos se traducen en formas de ver, actuar y de construir el mundo—. Porque en un mundo en el que todo se mira y todos nos miramos, creemos de capital importancia mostrar a la ciudadanía, y en especial a los más pequeños referentes femeninos.

Sin embargo, ese “nuevo mundo” por el que tantas personas —pero no una mayoría abrumadora— está peleando es aún más un desiderátum que una realidad. Todavía quedan muchas batallas que librar y que ganar. En este sentido, la lucha contra la violencia machista corre el riesgo de difuminarse con polémicas que banalizan el objetivo incuestionable de desterrar actitudes infames en el hombre. Se puede plantear cualquier cosa y discutirla, nunca mermar fuerza a una corriente de denuncia cuando persiste la realidad actual de desigualdad en múltiples frentes. La brecha salarial lo recuerda.

Además, paradójicamente, la semilla de la rebelión no prendió en muchos jóvenes, que repiten pautas de opresión intolerables y cuentan con herramientas nuevas, como los móviles, para ejecutarlas. Progresista, en el sentido más estricto del término, referido a quien fomenta los avances, no a quien pretende engordar el medallero ideológico, es hacer lo posible por desmontar estas evidencias. Comencemos por ahí.

Nadie cuestiona atender a la diversidad, pero dividir a los ciudadanos sin miramientos afilando argumentos simplistas y emocionales, clasificarlos por sistema en buenos y malos, constituye una forma perversa de ejercer la política que desgraciadamente está imponiéndose en España.

Polarizar a la sociedad no conduce a nada bueno. Únicamente contribuye a azuzar los resentimientos por la mísera satisfacción de imponer una razón, no la razón, y de dirimir las cuitas —entre unos y otros— a garrotazos y con frecuencia por intereses espúreos. El día en que se acabe el cainismo y su política de bandos; el día que empecemos a entendernos más, a respetarnos más y a recobrar el valor de una convivencia sana, aunque sea desde la discrepancia; el día que amainen los decibelios de una disputa pública con frecuencia inútil, simple postureo para dar carnaza a los propios hooligans… ese día habremos dado un enorme paso en la dirección correcta.